La aparición mediática de una corriente liberal enérgica y dinámica es una de las escasas novedades en un campo político plagado de furor, confusión y pocas ideas.
A tono con una tendencia global en la cual se está consolidando una derecha sin complejos, se observa una ofensiva de ideólogos y profetas de un desmantelamiento del Estado combinado con dosis diversas de conservadurismo social; además, una obsesión por una libertad casi sin límites.
Estas corrientes no son demasiado innovadoras, uno puede encontrar sus raíces en los filósofos liberales de fines del siglo XIX e inicios del XX, en los políticos no intervencionistas y librecambistas que condujeron a la economía mundial a su debacle para que luego el keynesianismo las salvará antes de que derivaran hacia el fascismo, allá en los años 20 y 30 antes de la Segunda Guerra Mundial, o en el neoliberalismo que se impuso en gran parte del mundo occidental con figuras como Reagan o Thatcher a fines del anterior siglo.
En América Latina, estas corrientes fueron hegemónicas durante los últimos 30 años del siglo XX, época en que se dolarizaron varias economías, se desregularon mercados, se privatizaron masivamente empresas públicas, se intentó reducir el tamaño del Estado argumentando los elevados déficits públicos que acumulaban muchos países y se confió religiosamente en el comercio mundial liberalizado y la inversión privada extranjera para sacar al continente de la pobreza.
Como se puede ver, los contenidos del discurso liberal no son demasiado nuevos, aunque su tono sea hoy algo más posmoderno, orgulloso y sobre todo rupturista con la visión de mundo, dominante en Bolivia, de una izquierda nacionalista que parece, hay que reconocerlo, anquilosada en demasiadas suficiencias y falta de autocrítica.
Siempre es más fácil llamar la atención y “ganar” las discusiones si uno asume el papel del transgresor o el que dice las cosas que el poder no quiere escuchar. Los liberales nativos están jugando muy bien ese rol, pero, como explique antes, eso no le quita el recalentado a sus recetas ni sus insuficiencias para adecuarse a la realidad o sus imposibilidades políticas, como la historia del último siglo ya lo demostró ampliamente.
Sin embargo, hay que dar al césar lo que es del césar, estos esfuerzos le dan nomás cierta frescura al erial ideológico en el que se desenvuelve la política anti-masista desde hace mucho tiempo, atrapada en una única obsesión: detestar y criticar por todo y nada al oficialismo.
Este liberalismo da un pasito más: plantea algunas cuestiones validas y las responde positivamente, aunque muchas de sus soluciones sean, desde mi punto de vista, temerarias o ingenuas.
Y por si esto no fuera poco, hay que reconocerles que están empezando a usar de manera innovadora la potente bandera de la libertad individual, deseo y pasión moderna por excelencia. Clivaje más hábil que la anquilosada contradicción autoritarismo versus democracia que solo entusiasma a las élites ilustradas en declive.
Basta ver su elogio a la informalidad y al contrabando como vanguardia de la modernidad boliviana para no sentir cierta simpatía por sus voceros, algo de incorrección política se agradece en este tiempo gris.
Esta agitación es mala noticia para las dirigencias opositoras, no solo porque desnuda su falta de ideas, sino porque mueve el marcador ideológico de ese mundo más hacia la derecha y atrinchera a importantes segmentos del votante antimasista en una visión de mundo radical, poco pragmática y desconectada de los segmentos centristas donde se jugarán las próximas elecciones.
Si la centroderecha tradicional tenía ya que lidiar con el soberanismo regionalista del camachismo, ¿qué harán ahora con un 5 o 10% de liberales enardecidos sobre todo entre las clases medias altas, sus votantes más fieles?
Al final, el problema de fondo de las oposiciones sigue sin respuesta clara pese al entusiasmo de la muchachada liberal y la inercia de sus élites partidarias: no bastan ideas rompedoras o capacidad de llamar la atención con ellas, se precisa asociarlas con construcciones y coaliciones sociopolíticas sólidas que las sostengan y las hagan suyas.
Articulaciones que en el caso boliviano deben pasar, para ser viables, por una comprensión y respuestas a las necesidades y aspiraciones de los mundos populares que, guste o no, siguen siendo mayoría.
En resumen, una derecha que busca disputarle la batalla ideológica a las izquierdas no me parece una mala cosa, aunque plantea retos no menores a esas fuerzas y se constituye al menos en un estímulo intelectual y un aliciente para repensar crítica y constructivamente el país y su futuro también desde la izquierda.






