Escena 1: José Luis Exeni, en su última columna de La Razón, lanza, como socio alejado, cuatro desafíos al nuevo presidente de la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP). Uno: elecciones competitivas que den fin a “una suerte de pasanaku”. Dos: el desafío de la participación para que el directorio de la APLP pase la frontera de los 83 votos y gane en legitimidad. Tres: el reto de dejar de ser un “barco exclusivo de una parcela, con pensamiento único” y así salir de la caricatura que han taladrado: el mundo periodístico dividido entre los autoproclamados “independentes” y los, bautizados por ellos, “paraestatales”. Cuatro: el desafío deliberativo en medio de la crisis del periodismo; contribuir mejor en la conversación pública.
Escena 2: el programa de La Razón Piedra, Papel y Tinta invita al autor de la columna y al nuevo presidente de la APLP para dialogar sobre los cuatro desafíos. Raúl Novillo acepta y participa de un diálogo respetuoso, abierto y propositivo. Para qué…
Escena 3: El presidente saliente, Raúl Peñaranda, promotor de la caricatura “independientes versus paraestales”, corre a su teclado para coser, una a una, sus malintenciones contra el autor de la columna en cuestión. ¿Qué le dice? ¡Qué no le dice! Que hay dos argumentos fácilmente rebatibles pero que no los rebatirá. Como lo acaba de leer. Y que Exeni, cuando fue parte del Tribunal Supremo Electoral (TSE), promovió un reglamento “que ordenaba la realización de las elecciones primarias con un solo candidato por partido”. Suena rarísimo pero se puede debatir al respecto. Lo que ya no entra en debate es acusar a Exeni de no respetar la institucionalidad por plantear un cambio de estatuto en una asociación que celebra elecciones con ochenta y pico votos. Le dice que “así ha actuado en su vida”, le recuerda al socio alejado que no paga sus cuotas hace 15 años, que seguramente busca que voten los que no pagan sus aportes, que no ha participado de las asambleas o reuniones, que no apareció en las actividades organizadas bajo el reinado Peñaranda. Le reclama con tono amargo atreverse a hablar de la APLP.
Lo peor no es la bronca de que alguien externo a los ochenta y pico bien comportados tome la palabra. Lo peor es que no pierde un tic presente en sus “investigaciones” publicadas, en sus columnas y sus participaciones mediáticas. El tic que lo pinta de cuerpo entero: “hay quien dice”. Y con eso dispara sin ton ni son. Con ese tic acusa ahora a Exeni de haber coordinado el reglamento con los masistas. Perdón, solo sugiere “es muy probable”. Lo probable es que no puede demostrarlo, como tantas acusaciones que lanzó contra colegas periodistas y medios. Después, afirma que Exeni fue parte de una “maniobra para para fortalecer la candidatura de Evo Morales”. Lo acusa de dañar el prestigio del TSE, de “alentar la interferencia del Gobierno en el TSE”.
Luego se mete con la salud del columnista atrevido: “adujo estar gravemente enfermo y renunció al TSE” (…) tras sanar rápidamente (…) llegó a la Fundación Fredrich Ebert. Y remata: “Parece que en Berlín no siguen mucho las noticias de Bolivia”. Sí, ataca su actual fuente laboral. Raúl Peñaranda está para casarse con él.
Escena 4: Esta elegancia y estatura ética para debatir ideas me recordó a Diego Ayo que escribió, horas después de Peñaranda, en el mismo medio. Él también tiene adorables tics: “me tomé el trabajo de ver el programa de la señora Claudia Benavente” con “innombrables invitados”. A Diego Ayo no le gusta el tiempo que tomé la palabra en el programa, no le gustan mis invitados y menos le gusta que recuerde que La Razón nunca superó el 20 por ciento de publicidad estatal (lo que no quiere decir que siempre alcanzó ese porcentaje, claro). Me describe “deseosa” de aclarar el cierre de la versión impresa de La Razón con una “lacrimógena justificación”. Lo que despierta mi deseo es más bien comprender por qué a Ayo le interesa tanto el 20 ciento de la torta publicitaria de La Razón y lamentarse que Página Siete no haya recibido el dinero necesario para evitar su cierre impreso y digital. Se pregunta por el dinero que llegó a La Razón, se pregunta por qué “cerró” y concluye: ¿dónde está esa plata? ¿en los bolsillos de quién está?(recontraarchisic). Termina llamando a este medio “prensa gubernamental” y lo acusa de “este escenario de descomposición mediática”. Ver el programa de La Razón le costó tanto esfuerzo a Diego Ayo que, como sanación, me llamó tres o cuatro veces “señora”. Sana, sana, colita de rana…
¿Cómo se llama la obra? A ver: en pocos días, una columna y dos programas de La Razón despertaron los mejores modales en Brújula Digital. Algo incomodó. Algo no gustó. Algo dolió en el estómago. La obra se podría llamar: “Y respondieron con las uñas.”
Claudia Benavente
es doctora en ciencias sociales y stronguista.






