En su segunda presidencia, el doctor Victor Paz Estenssoro había adherido a Bolivia con entusiasmo al Movimiento de Países No Alineados (NOAL), originado en la ya histórica Conferencia de Bandung (1955), y en esa tónica invitó al Mariscal Joseph Broz Tito (1892-1980) a visitarlo en la ciudad de Cochabamba. Para preparar su estadía, arribó de Belgrado una misión de avanzada, encabezada por el ministro de la presidencia, señor Zrnobrania (Z) quien ofició de mi contraparte, como Director General de Ceremonial del Estado. Para hospedar a Tito contratamos una bella residencia particular y, al mostrar a Z la alcoba destinada al Mariscal, éste me dijo en confidencia: “Necesitamos una igual para su esposa, porque ellos no comparten dormitorio”. No fue difícil complacer el requerimiento. Lo que sí complicó la distribución habitacional fue la insinuación de acomodar al edecán personal de la primera dama en una pieza contigua. Esos detalles avivaron mi curiosidad de conocer y elaborar mi propia evaluación acerca de tan exigente señora. Apenas la vi, adiviné la fuerza de su carácter: Jovanka Budisavljevik, a sus cuarenta años, era una morena alta, de largos cabellos negros, ojos grandes y soñadores, de líneas corporales redondas, “pulposas” (como dirían los morfólogos franceses). Los pasos firmes y seguros en su caminar, delataban su pasado guerrillero en las montañas balcánicas, donde conoció y acompañó a Tito en su agitada marcha hacia el poder.
En sus días cochabambinos, Tito gran madrugador estaba de pie a las seis de la mañana, recto como un poste, impecablemente vestido con uno de sus seis trajes de mohair, todos del mismo color y tonalidad: verde petróleo. No reía nunca y su aire serio inspiraba respeto. El médico personal de nuestro Palacio, lo revisaba con esmero de pediatra, luego acudía yo, a ponerme a la orden y respondía en alemán sus preguntas puntuales de carácter geográfico o demográfico y, a partir de las siete, Tito tomaba el café matinal con sus colaboradores quienes, cargados de carpetas se le aproximaban con rigor casi religioso.
Al término de la visita de varios días, el canciller Kocha Popovich, famoso guerrillero republicano durante la guerra civil española y partisano después contra la ocupación nazi, condecoró a las autoridades bolivianas, dotándome de sus manos la Orden de la Bandera Roja, máxima presea de esa legendaria Yugoslavia, hoy partida en siete repúblicas independientes.
Tito presidió la federación yugoslava, con mano de hierro, desde 1953 hasta el fallo cardíaco que, a sus 88 años, le provocó la muerte el 4 de mayo de 1980.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






