Hay que recordar que las ciudades latinoamericanas fueron fundadas sobre otras ciudades más antiguas. Ejemplos hay muchos como Tenochtitlán en México, Cusco en Perú y nuestro Chuquyapu Marka. Para los colonizadores de Abya Yala o América Latina y el Caribe fue un continente cuasi vacío, casi sin población y sin cultura; la escasa población y su nivel de civilización significaba totalmente desdeñable. La ciudad se convirtió en un reducto europeo en medio de la nada. Así se organizó el sistema político y administrativo colonial, los usos burocráticos, el estilo arquitectónico, las formas de vida religiosa, las ceremonias civiles, como si fuera una ciudad europea extendida, ignorante de su contorno, indiferente al mundo subordinado de los indios, los mestizos conscientes, los negros al que se superponían.
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A pesar del proceso del colonialismo triunfalista, el peligro de un levantamiento de los indios, invadiendo las ciudades, se mantuvo latente en muchas ciudades y obligó a sus pobladores a mantenerse en pie de guerra. Por eso crearon la ciudad-fuerte, la ciudad-fortín, que les garantizaba la unión del grupo colonizador, la continuidad de sus costumbres y ese ejercicio de la vida “noble” que se había grabado en su memoria de emigrados. Así se construyó la sociedad barroca colonial, escindida en privilegiados y no privilegiados. La idea de ciudad-fortín también fue aplicada en su cabalidad a la ciudad de La Paz, ¿acaso no se convirtió en fortín frente al levantamiento de Túpac Katari-Bartolina Sisa en 1781 y movilizaciones indias y populares contemporáneas? Esa idea de ciudad-fuerte fue el justificativo para que los indios no ingresen a la plaza Murillo.
A fines del siglo XIX, en la relación de los políticos indios con los no indios, emergió nuevamente la idea de que la indiada no debía ingresar a la ciudad de La Paz. Algunos datos podrían ilustrar esta relación tensa y conflictiva. José Manuel Pando, uno de los líderes de la élite del norte en la guerra federal de 1899, buscó apoyo del movimiento aymara-quechua, de los apoderados generales y uno de los representantes fue Pablo Zárate Willka. En esta correlación hubo varios momentos de tirantez. Pando, militar, político y hacendado, pensaba en la obediencia ciega de Zárate Willka y el movimiento indígena. Pero el movimiento organizado, armado y sobre todo con conciencia política como pueblo, comenzó a desobedecer las instrucciones de Pando. En esta circunstancia, Pando, ya casi en su desesperación, lanzó dos acciones contra los indios: suponer que se estaban produciendo la guerra de razas y que no arriben a la ciudad de La Paz, por ser belicosos y peligrosos.
La Bolivia q’ara o mestiza/criolla, desde el año 2000, continúa “acechada por los indios”. En la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, en 2003, se generó la idea de que “van a invadir los indios” la ciudad, particularmente a la zona Sur. En 2019, en el golpe de Estado de Jeanine Áñez, Luis Fernando Camacho, Samuel Doria Medina, Carlos Mesa y sus seguidores instalaron en la palestra la imagen de que en “cualquier momento los indios/as invadirían la ciudad”.
La marcha de pasados días, encabezada por el expresidente Evo Morales, tuvo repercusiones similares a las citadas. Independientemente de la forma de hacer política de Evo y sus seguidores, sus tareas continúan generando señalamientos, como “indios y campesinos belicosos, destructores y hasta cuasi delincuentes”. Es muy lamentable que algunos/as autoridades de la ciudad de El Alto hayan reproducido esa mentalidad colonial de defensa de la ciudad frente a “los indios de otras regiones”. La ciudad de El Alto está conformada abrumadoramente por inmigrantes indios y campesinos de muchas regiones del país.
La confrontación política actual precisa un profundo análisis, con preguntas como ¿cuáles son las continuidades coloniales que no permiten una relación intercultural política franca entre los políticos indios y no indios? Las categorías sociológicas de q’ara/misti versus indio/campesino siguen siendo claves para comprender la compleja realidad boliviana. Jichhurunakanxa wali ch’axwawiruwa wasintamp sartasktanxa. Wakisispawa jiskt’asiña, ¿kunatsa ukham sarnaqtana?
(*) Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo





