En política no hay nada nuevo, sobre todo en Latinoamérica, donde las historias y personajes se parecen, tanto, que a veces se repiten. En México ocurrió un fenómeno político que a finales de los años 20 se conoció como el Maximato, en el que un expresidente tuvo tanto poder e influencia, que controló a tres gobiernos consecutivos a los que no sólo impuso ministros y legisladores, sino también programas gubernamentales. Ninguno pudo decidir nada y se limitaron a llevar a cabo lo que el “jefe máximo” consideraba que era bueno para el país.
Ese expresidente mexicano se llamó Plutarco Elías Calles y le decían “El Jefe máximo de la revolución”, porque, efectivamente, como militar, había tenido un papel importante en la Revolución Mexicana que empezó en 1910 y acabó en 1920, con el cese de la lucha armada. Precisamente en ese año, empezó la carrera política de Calles pues fue nombrado Ministro del Interior del entonces presidente Álvaro Obregón que gobernó México de 1920 a 1924. Costumbre desde esos años, al término de su mandato, Obregón designó como su sucesor a Calles, que gobernó de 1924 a 1928.
Ya como presidente, Calles se mostró tal cual: un hombre de carácter recio, siempre echado para adelante, pero autoritario e intolerante, tanto, que desafió a la poderosa Iglesia Católica con la que terminó enfrentado en un sangriento pleito que en la historia mexicana se conoce como la guerra cristera: una contienda entre laicos y católicos; ejército contra guerrilleros comandados por curas y obispos, un hecho del cual les hablaré en otra ocasión.
El caso es que Calles fue un presidente fuerte y temido, pero también un hábil estratega político: al término de su mandato, logró que su exjefe, Álvaro Obregón, se postulara de nuevo para la presidencia, aún en contra de la consigna revolucionaria de “sufragio efectivo, no reelección”. Maniobra que, sin embargo, duró poco, pues Obregón fue asesinado por católicos cristeros días antes de iniciar su segundo periodo presidencial. ¿Qué hizo ante eso el poderoso Calles? Puso a un abogado llamado Emilio Portes Gil como presidente interino durante 2 años, hasta convocar a nuevas elecciones. Le dijo a quiénes debía poner en su gabinete y a quienes rechazar. Qué actos de gobierno realizar y cuáles no.
Como vio que los otros caudillos revolucionarios empezaron a protestar, se le ocurrió crear un partido en el que los reunió a todos con la promesa de repartirles cuotas de poder; un partido, claro, presidido por él. Así nació lo que después fue el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que gobernó México más de 70 años.
Desde su despacho, Calles eligió después al próximo presidente, un político gris llamado Pascual Ortiz Rubio, a quien también manejó como a un títere imponiéndole un gabinete que, tras dos años, lo obligó a renunciar, pues protestó por el asfixiante poder del “Jefe máximo”. Y Calles puso a otro, Abelardo Rodríguez, a quien también manipuló a su antojo. Y así quiso seguir, pero acabó mal. El Maximato terminó en 1934, cuando llegó a la presidencia Lázaro Cárdenas, quien no sólo despidió de un plumazo al gabinete que le había impuesto Calles, sino también a él, pues lo obligó a salir del país. Calles terminó en el exilio y regresó a México después de muchos años, sólo a morir.
Recientemente el presidente Luis Arce dijo que Evo Morales lo quiso manejar como a un títere, lo que hace pensar que hubo un Maximato ¿fallido? de parte del expresidente. Semanas antes, también dijo que había un acuerdo con Morales respecto a las candidaturas, que Evo no respetó. Luego entonces hubo un acuerdo entre Morales y Arce desde 2020. ¿Cuál fue? ¿Qué acordaron? ¿Por qué Evo llama traidor a Luis Arce? En la marcha, Morales exigió varias cabezas y ya renunció el exministro Iván Lima. ¡Y Morales suspendió el bloqueo! En su carta de despedida, Lima dice todo menos la razón de su renuncia y, hasta el cierre de esta columna, el gobierno tampoco aclaraba el por qué…
Sería sano para todos, sobre todo para el gobierno del presidente Arce, que el país sepa de una vez lo que hasta ahora permanece en la neblinosa zona de los acuerdos, en lo oscuro. Airear esas cañerías del poder que, de tanta mugre, se tapan y cuando revientan salpican de inmundicia no sólo a las partes, sino a todo el país. Y mientras más pronto sea, hará menos daño.
Javier Bustillos Zamorano es periodista.






