El debate público sobre la situación económica del país se ha concentrado hasta ahora en los aspectos más inmediatos de la crisis de la balanza de pagos y sus repercusiones consiguientes de corto plazo, pero no se ha avanzado mayormente en la discusión de las opciones estratégicas de largo plazo, que no serán ciertamente la resultante de las fuerzas espontáneas del mercado, una vez que se hayan superado los actuales desequilibrios macroeconómicos.
Está claro que en un contexto interno polarizado y en un momento de desinstitucionalización deliberada, las preocupaciones sobre las políticas económicas y sociales dentro de 10 o 15 años parecen una distracción extravagante. Ocurre, sin embargo, que una perspectiva de horizonte largo es un requisito imprescindible para calibrar la pertinencia de los correctivos del corto plazo con las dinámicas reveladas de la transición internacional hacia un orden internacional fragmentado en términos de alianzas geopolíticas, competencias tecnológicas y escalamientos armamentistas.
Los mencionados aspectos ejercen por cierto una influencia significativa sobre el reacomodo de las relaciones económicas internacionales, los flujos del intercambio comercial y las condiciones del financiamiento internacional. En efecto, la economía mundial está cada vez más fragmentada por el despliegue desigual de la revolución tecnológica y su apropiación mediante el sistema de patentes, la difusión de la inteligencia artificial sin regulación internacional alguna, no obstante los riesgos de todo orden que trae consigo, además del traslado de la producción de componentes de alta tecnología desde la China hacia otras localizaciones como consecuencia de las políticas de seguridad adoptadas por Estados Unidos y sus aliados europeos.
El cambio climático en el plano global es ciertamente un tema urgente en vista de los desastres naturales que están ocurriendo en todo el mundo. Los descomunales incendios de los bosques amazónicos han superado con creces en este año los niveles de años anteriores y han puesto en evidencia, además, que en buena medida se trata de incendios provocados para ampliar la frontera agrícola y propiciar la especulación en el mercado de tierras. La situación en Bolivia es particularmente alarmante por las complicidades que revela.
Por otra parte, conviene admitir que la transición energética global ya ha comenzado y que, de ahí, se deriva una demanda internacional creciente por minerales tecnológicos, como el litio; además de los minerales tradicionales, como el cobre, por ejemplo. Se pronostica, en consecuencia, un ciclo largo de dinamismo de la minería global, al que ya se han incorporado con importantes emprendimientos países como Chile y Argentina en nuestro vecindario.
De igual manera, el gas natural acompañará por muchas décadas todavía la transición energética global, y eso dependerá de un conjunto de factores en el ámbito de la producción de hidrocarburos, por una parte, y de la instalación en gran escala de las fuentes de energías alternativas, por otra.
En medio de guerras y conflictos geopolíticos la reconfiguración de la globalización está ocurriendo mediante nuevos acomodos en el sistema de las cadenas de valor y los consiguientes cambios de las corrientes del comercio internacional.
De todo lo anterior se puede concluir que en un horizonte de mediano plazo el país tiene interesantes perspectivas de incorporarse a las corrientes dinámicas de la transición económica global, a partir del abandono de su matriz extractivista por un aprovechamiento sostenible de los recursos naturales, pero a condición de que se adopten los correctivos necesarios en cuanto a la participación prioritaria del país en la construcción de una nueva arquitectura de integración y solidaridad en América del Sur.
Horst Grebe es economista.






