Les hemos visto, una y otra vez: el ceño fruncido, los ojos chinitos y la mirada dura como acero, la nariz convertida en pico de ave y los labios apretados o ligeramente abiertos, mostrando los dientes. Es el rostro del odio, de la ira, síntoma de que algo malo puede pasar. El odio es una de las emociones más destructivas que puede experimentar el ser humano, y no distingue posiciones ideológicas o argumentos a favor o en contra.
Aunque a menudo se asume que es algo innato, en realidad suele ser alimentado por diversos factores, sociales y políticos; cuando el odio se cultiva de forma sistemática, no solo afecta a las personas que lo padecen o lo sienten, sino que se convierte en un arma peligrosa que desgarra el tejido social. Así, casi siempre, el odio no surge de manera espontánea, sino que suele ser inducido.
La historia contemporánea está plagada de ejemplos: el nazismo, el genocidio en Ruanda y la islamofobia tras el 11 de septiembre de 2001 muestran cómo el odio puede ser cultivado deliberadamente. Sin necesidad de ir tan lejos, es fácil recordar lo sucedido en los 12 meses posteriores al 20 de octubre de 2019, cuando muchas y muchos periodistas usaron su oficio como arma contundente, racializando a los “masistas” y amplificando, cuando no produciendo, los discursos de odio contra ese grupo.
En todos los casos, los mecanismos para producir y alimentar el odio incluyen propaganda masiva, manipulación de los medios y creación de políticas de exclusión. Este cultivo del odio tiene consecuencias devastadoras: polariza sociedades, fomenta la violencia, deshumaniza a los individuos y favorece siempre a minorías escondidas detrás de las desorientadas masas. En el peor de los casos, puede conducir a la humanidad entera hasta las puertas de una nueva guerra mundial de efectos imprevisibles, como está sucediendo hoy mismo.
Actualmente, las plataformas digitales permiten que las ideologías extremistas y los discursos de odio se difundan a toda velocidad; la desinformación y la creación de burbujas ideológicas perpetúan el odio y radicalizan a individuos y grupos, incluso sin que estos se den cuenta. Es en estas circunstancias que se aprecia con gran nitidez lo que H. Arendt llamó la “banalidad del mal”: un ejercicio del odio que no proviene de una ideología profundamente maliciosa, sino de la falta de pensamiento crítico y responsabilidad moral. El mal, al igual que el odio, puede ser banal: personas comunes participan en atrocidades por solo obedecer sin cuestionar.
Esta lógica puede aplicarse a muchos de los actos de odio actuales. Las personas, atrapadas en narrativas impuestas por líderes o sistemas, pueden deshumanizar a otros sin cuestionar las implicaciones de sus acciones. La obediencia ciega y la falta de reflexión pueden convertir a cualquiera en un instrumento de odio, capaz de producir violencia de toda clase, pero también de justificarla cuando la ejerce el jefe o alguien de su equipo.
No es fácil combatir el odio. Hace falta un enfoque integral, que de todas maneras será cuestionado en nombre de los prejuicios y estereotipos que busca eliminar, o de los principios y valores que desea fomentar: en nombre de mi libertad, te prohíbo que hables de ella, parece ser la consigna. El camino, probablemente, pasa por enseñar a las personas a pensar de manera crítica, a identificar y cuestionar las narrativas de odio. Las leyes que penalizan los crímenes y los discursos de odio son fundamentales para proteger a las víctimas y evitar que el odio se normalice, siempre y cuando no terminen convertidas en arma de persecución y sanción a quienes piensan diferente.
Urge, pues, promover contranarrativas que en lugar de odio y división fomenten la cohesión social y rompan los ciclos de odio. Solo con un esfuerzo colectivo de promoción del pensamiento crítico y la responsabilidad moral se puede combatir eficazmente el odio y el mal que lo engendra, cosa que en estos tiempos parece apenas una utopía.
Claudio Rossell es profesional de la comunicación social






