Tener la paciencia de escuchar a la flamante presidenta de México, la sexagenaria Claudia Sheinbaum en su entronización del 1 de octubre pasado, me inspiró para criticar a sus homólogos en sus oratorias en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas. Ninguno como ella para alabar a su predecesor López Obrador, con la fricción parecida a un masaje prostático y luego curiosamente cantar trinos a México de superlativo nacionalismo en aquella judía exguerrillera del M19 colombiano.
En cambio, Bernardo Arévalo heredó de su padre, un expresidente guatemalteco, sus dotes oratorias para clamar mayor cooperación internacional como también lo hizo el panameño José Rafael Mulino, quien fustigó acremente a la dictadura venezolana por sus vómitos migratorios que precipitan a miles de sus desesperados compatriotas a arriesgar sus vidas atravesando la selva del Darién para llegar al sueño americano, provocando una carga financiera y logística que escapa a los límites de su país. Mientras el mandatario chileno Gabriel Boric también criticó al autócrata de Caracas por el fraude electoral, la hondureña Xiomara Castro, que heredó su cargo cual un bien ganancial de su marido, no ahorró elogios para las satrapías imperantes en América Latina. En cuanto estilo retórico, sin superar al colombiano Gustavo Petro, el paraguayo Santiago Peña reveló sus mejores galas. El primero, con su terca posición de solidaridad con el pueblo palestino que sufre en Gaza bajo el fuego genocida, y el segundo, evadiendo ese tema de palpitante actualidad. Quien entretuvo al auditorio por su singular estampa física paralela a su discurso de radical defensa del capitalismo puro y duro, su adhesión al sionismo israelí y su ignorancia del objetivo de Naciones Unidas fue el argentino Javier Milei. También desde la derecha, pero usando su habilidad retórica para justificar su lucha frontal y letal que lleva a cabo su gobierno contra la criminalidad de las pandillas callejeras que antes de su mandato asolaban su pequeña nación, fue el salvadoreño Nayib Bukele.
Triste papel le correspondió al canciller venezolano Yván Gil de representar a su jefe Nicolás Maduro quien, pese a su pregonado coraje, no se arriesgó a llegar a Nueva York por temor a ser arrestado por mandato de la Corte Penal Internacional que le reprocha crímenes contra la humanidad.
Lejos de la región latinoamericana, cuando fue anunciado el primer ministro de Israel, Benjamin Natanyahu, los diplomáticos comenzaron a abandonar la sala, dejándola prácticamente vacía. Imagen viva del repudio universal que provoca la recurrente masacre de palestinos tanto en Gaza como en Transjordania (y ahora en Líbano).
En resumen, todos los recientemente pronunciados discursos presidenciales difícilmente pasaran a la historia como piezas oratorias a conservar.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia






