Han corrido ríos, océanos de tinta con toda clase de reflexiones sobre el origen, naturaleza, virtudes, defectos, potencia, etcétera, del poder. No todas coinciden en sus principios, ni en sus medios o sus fines; algunas lo señalan como imprescindible, otras, como las de los libertarios (los de verdad, no los anarcocapitalistas de hoy que esconden detrás del vocablo su falta de humanidad, su pobreza de espíritu y su culpable ignorancia –Immanuel dixit), encuentran en la existencia de una autoridad el origen de las desigualdades y todos los males que provocan.
El poder no es para personas perezosas, pues demanda mucho esfuerzo, incluso si este no tiene nada que ver con los deberes que impone el privilegio de gobernar (su vida, su hogar, una institución, un país…); exige trabajar a tiempo completo para imponer la voluntad propia sobre la del resto de la gente y, al final, para proteger el “legado”, lo cual en muchos casos significa no dejar que desaparezcan los cambios introducidos, a la buena o a la mala, pero que son tan frágiles como la espuma del jabón.
El poder tiene el potencial adictivo de la heroína, la pasta base y el fentanilo combinados. Son raras las personas que después de haberlo probado (que es lo mismo que decir ‘ejercido’) pueden resistirse a su influjo; algo así como el conflicto de quien, habiéndose acostumbrado a viajar en avión privado debe elegir entre nuevamente hacer fila en el aeropuerto o tener que quedarse en tierra; o el de quien, luego de años y años apenas necesitando pronunciar sus deseos para que se hagan realidad, luego se ve obligado a hacer tareas tan ordinarias como amarrarse los zapatos o prepararse una taza de café instantáneo.
La ciencia (que tiene sus propios mecanismos de poder, a veces particularmente perversos) ha demostrado abundantemente que el poder trastorna a las personas hasta hacerlas irreconocibles. Numerosos estudios, realizados no en la mente de quienes gobiernan, sino en las de quienes, al ser sometidos a experimentos, cambian su personalidad luego de muy poco tiempo de haber recibido alguna cuota de poder sobre sus semejantes, han identificado actitudes y comportamientos que se repiten incluso en diferentes circunstancias.
El poder inspira a las personas a volverse egoístas; de pronto las demás personas, con sus necesidades, carencias y anhelos, pierden los contornos que las hacen únicas e irrepetibles y se convierten en peones de un tablero donde el criterio político los separa en útiles o inútiles, que es concomitante con la división amigo-enemigo. El egoísmo se contagia fácil, y no son pocas las personas que persiguen, ejerciendo el egoísmo en todas sus formas, su propia cuota de poder. En el camino, la compasión se convierte en una rémora de la que hay que deshacerse.
Las personas que adquieren poder descubren rápidamente que en aquellas alturas la mentira es la moneda de cambio. El ejercicio del poder induce a mentir con confianza, con naturalidad. El problema es que muy a menudo las mentiras se revelan como tales, ora porque todos los anuncios se hacen en tiempo futuro, o porque las obras están siempre inaugurándose y rara vez concluyéndose o, peor, porque las palabras que se pronuncian no coinciden con la realidad que los sentidos perciben.
Poder e hipocresía se procesan de igual manera en el cerebro de la persona adicta al poder. De muy antiguo se sabe que la medida del poder está en la interdependencia, y para mantener un estado de cosas favorable, hay que aprender a ser sumiso con unos y tirano con otros, a circular monedas falsas con una sonrisa de sinceridad. Además, la adicción al poder da a las personas una falsa creencia en sus habilidades; mientras más alta la posición, menos personas se atreven a cuestionar los dictados, y menos consciente es el emperador de que está desnudo. Y al final, detrás de la máscara inhumana del poder, siempre hay un ser pequeño, acosado por sus miserias y sus miedos, que cual mago de Oz hace cuanto esté a su alcance para que nadie se dé cuenta.
Por supuesto, para que todo esto sea posible, hacen falta multitudes dispuestas a creer en su líder y en sus falsas apariencias y promesas. Tal vez, ese es el verdadero problema.






