Atravesamos un temporal de podredumbre. Pareciera que todo aquello que es tocado por la coyuntura (que a esta altura es casi todo lo que opera en el territorio nacional) se encuentra en estado de putrefacción. Esto no es un secreto para nadie porque lo que otrora se alertaba como fatal consecuencia hoy se constituye en una realidad concreta a la vista de todos. Las instituciones no funcionan, los políticos no representan, los gobernantes no gobiernan, los medios no median y, en lo que respecta a la ciudadanía, acudimos a convivir con los otros con nuestra cultura política plagada de pesimismo e impotencia y nuestro opinar/(re)accionar prisionero del hastío y la rabia. Ojo, en todo lo anterior existen excepciones, que justamente lo son ahora más que nunca.
Este cúmulo de formas sutiles de degradación de la democracia que hace tiempo venimos sorteando y que hoy se han acumulado peligrosamente, han llegado a un nuevo pico gracias a que, por acción u omisión, los actores políticos del MAS hoy enfrentados, han ido despojando —capa por capa— al presente conflicto de politicidad. Hace rato que las partes optaron deliberadamente por abandonar el campo político para librar su pugilato. Todo lo que hemos visto estas últimas semanas no fueron errores de estrategia, sino la estrategia misma: deteriorar/desordenar todo lo que se nos muestra para que la apatía inmovilice y la fuerza se imponga; no sólo ante nuestros ojos sino, sobre todo, ante los del mundo.
A esta altura del descalabro, en el que las partes se han acostumbrado a discursear y obrar en el límite la norma y el absurdo poniendo como primera prioridad la puesta en escena de la confrontación y, como última, la búsqueda de salidas; es cuando más las declaraciones y prácticas violentas, anómalas y ubicadas muy por fuera de la ley, la política y la democracia que están teniendo lugar en el país, merecen una gestión responsable.
La erosión democrática y del tejido social que se ha venía advirtiendo hace años, muestra sus consecuencias en buena parte del imaginario colectivo hoy que legitima más una operación de orden que un intento de acuerdo. El clamor del día es el del orden, por encima del de los derechos. Es que claro, se ha abusado demasiado y de forma muy egoísta de lo legítimo. Por ello el marco democrático mediante el cual se pueda intentar explicar/entender lo que pasa es paradójico y por eso parece agotado. Pues cuesta demasiado explicar desde la política un momento coyuntural que ya no opera bajo su lógica.
Con gran parte de la institucionalidad en vilo, la democracia parece ser hoy un acto de fe para la sobrevivencia colectiva. Y elegir esa fe hoy, se ha vuelto en un acto político costoso. Y aunque al día de hoy está claro que no existen condiciones ni incentivos para bregar por prácticas democráticas, es preciso señalar que sólo el abandono (aunque sea tardío) del territorio incierto de la antipolítica y nuestra devolución al de la política inteligente, silenciosa y efectiva, podrá constituirse en una opción certera.
Lo delicado de este momento requiere menos ruido y más acción, pero acción radicalmente democrática, legal y enmarcada en los derechos humanos. Primeramente y con un rango mayor de responsabilidad, desde el Estado (empezando por el Presidente); segundo, desde los actores en cuestión (principalmente, Morales) y, finalmente, desde la ciudadanía cautiva del este complejo entuerto que, sin duda, somos quiénes más necesitamos sobrevivir el desquicio.
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka






