Primera semana del decimosegundo mes del año, mi columna sale el viernes, es difícil mantener la tradición de escribir sobre temas de la industria minera y sus perspectivas cuando el país se debate en una lucha rimbombante entre los que deben dejar el poder y los que piensan que pueden asumirlo el próximo año; hay temor en las calles, las redes están inundadas de noticias y de noticias falsas sobre lo que acontece y lo menos importante en estos casos es la agenda económica. La gente casi llega a la histeria, los jinetes del apocalipsis cabalgan de nuevo, solo se quiere sobrevivir. No es la primera vez ni la última seguramente en la que el país enfrenta este tipo de crisis al parecer existenciales, en las que se tiene la sensación de caer al despeñadero y en las que en el último instante se logra eludir la tragedia. Así hemos vivido desde la fundación de la república y así parece que seguiremos a futuro. El costo de transiciones criticas como la Revolución del 1952, las crisis militares de los años 70 o la irrupción neoliberal de los años 80 y 90, para citar las principales, ha sido tremendo. Solo así se explica que un país con un potencial en recursos naturales como el nuestro esté plagado de elefantes blancos, proyectos que siempre están empezando de nuevo o aquellos que en su tiempo pudieron ser de enorme interés se paralizaron para empezar de cero con la administración siguiente, pasan los años los proyectos envejecen con sus propiciadores y/o revisionistas y la inexorabilidad del tiempo y de la vida los vuelve caducos. Palabras más, palabras menos, en la crisis del año 2019 y en la transición del 2020, meditaba en la columna de esta manera, tratando de explicar este extraño pero inexorable comportamiento de los conglomerados humanos y citaba dos frases del inmortal filósofo y matemático francés René Descartes: “La enredadera no llega más arriba que los árboles que la sostienen” y “Hay mayor honra y seguridad en la resistencia que en la fuga…”, en palabras sencillas: siempre hay un antes y un después y la esperanza de cambios positivos no debiera claudicar pese a las condiciones adversas.
Cinco años después, viviendo una crisis similar en vísperas del año electoral que se avecina, pareciera que nuestro país es la excepción a la regla y que el círculo vicioso que vivimos es la característica vivencial que el destino nos deparó a los bolivianos. Hoy con un sector minero sin horizonte (no solo este sector, todos los sectores productivos están en crisis), seguimos aumentando el nivel de gasto y el endeudamiento externo e interno del país; no tenemos un plan económico que nos permita activar el sector productivo ni se vislumbra un cambio substancial en las propuestas de los candidatos en carrera electoral. ¿Quién pagará las facturas en el largo plazo? ¿Cómo se gestiona la incertidumbre? Pareciera que la coyuntura manda, total, algún día volverán las vacas gordas. La pesada burocracia estatal actual no pudo ni podrá encarar la generación de un portafolio importante de proyectos mineros para reemplazar la herencia histórica y aquella del boom de exploraciones de los años 90, está claro que debe acudir al capital privado que vendrá al país si las condiciones cambian y si se acercan a lo que sucede en el vecindario, Argentina, Chile y Perú, que vivieron similares cambios políticos han consolidado políticas pragmáticas y son hoy mucho más competitivos para atraer inversiones y generar nuevos proyectos. Estamos quedando solos y mirándonos el ombligo; es hora de reaccionar y cambiar positivamente; hay muchas alternativas para hacerlo. Descartes lo agradecerá desde el arcano.






