A partir de 1810, los blancos fueron autorizados de entrar en Mojos (Beni), hasta entonces un territorio reservado a las “reducciones” de la Iglesia. Llegaron a la provincia para explotar a los indígenas que allí vivían, mientras que la autoridad estatal se revolucionaba por los efectos de la Guerra de la Independencia y, posteriormente, intentaba encontrar su acomodo republicano.
Según Gabriel René Moreno, historiador insigne y fundador del racismo científico en Bolivia, este momento fue crítico para probar la tesis del determinismo racial. Aunque a partir de esa fecha las leyes se habían tornado igualitarias, pese a ello, los indígenas habían seguido atrapados en su vida dependiente y subyugada: no habían logrado aprovechar en nada las condiciones de apertura y no se habían hecho libres.
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No se le ocurría a Moreno que esto pudiera haber resultado de la distribución desigual, de partida, de los capitales monetarios y culturales que se necesitaban para actuar dentro de la civilización moderna; es decir, no lo atribuía a la falta de educación y a las dificultades que conlleva toda aculturación. En lugar de eso, se preguntaba si “¿la incapacidad del indio aquel es orgánica, proviene de una insuficiencia fisiológica de las células cerebrales, la raza es de suyo refractaria al esfuerzo de ser urbanizada industrial y civilmente en el sentido superior que era de apetecer?” Se trataba una pregunta retórica. La respuesta implícita era que sí. Así, en el libro en que esta pregunta está inscrita, Catálogo del archivo de Mojos (1888), se fundó un nuevo modo de racismo, que suele llamarse “científico”, ya que atribuye la inferioridad social de los indígenas a una supuesta “insuficiencia fisiológica de las células cerebrales”.
Cuando Moreno escribía, los mojeños estaban siendo sojuzgados por otro tipo humano con el que el autor no simpatizaba ni un poco, el “mestizo altoperuano”, es decir, ese que ahora diríamos “colla”, que había llegado a la región para aprovechar el boom del caucho que allí se producía. A ellos también les aplicó la medición “científica” de las razas. De este modo, esculpió en su texto la fábula que en ese tiempo había pergeñado la élite blanca para defenderse del ascenso social de los “cholos”, es decir, de los mestizos que aspiraban a “blanquearse” y en los que la sangre indígena era preponderante (los “indo-blancos”, como los llamaba él). La misma opinión sería reproducida veinte años después por Alcides Arguedas y Franz Tamayo. Inauguraba, así, una tradición racista boliviana: “Casta híbrida, de confusas aptitudes, con viveza para simular todas las buenas, de impotencia probada para el recto y viril ejercicio de la soberanía, sociológicamente perniciosísima cuando sus individuos sean más sabedores y frondosos. Detiénese sin remedio en esta casta la evolución del progreso humano, vinculado de preferencia al predominio de la superior especie pura de los blancos” (pág. 71).
Como Arguedas y Tamayo, Moreno sentía aversión a la mezcla, que era actitud fundamental de la élite blanca boliviana por la razón obvia de que el “blanqueamiento” al que daba lugar perjudicaba, vulgarizaba y dispersaba su dominio tradicional.
Así fundaba teóricamente el racismo anticolla predominante en el oriente boliviano: “Y sucedió en Mojos lo que tenía que suceder. Rota en esos pueblos la relativa unidad etnológica de la época jesuítica, abierta la puerta al entrevero de razas y de castas con todas sus energías divergentes y antagónicas, bien puede decirse que el Alto Perú se trasladó a Mojos desde entonces. La misionaria provincia puso pie y fue entrando cada vez más hondo en el general desorden boliviano” (pág. 72).
Decimos “racismo anticolla” porque este “entrar en el desorden boliviano” no era para Moreno un proceso de tipo social, político o cultural. Para él no se debía a otras causas que las raciales, ni a motivos diferentes que la ruptura de “la relativa unidad etnológica de la época jesuítica”. Tras eso, sobrevenía el caos en el que “ya estaba sumiéndose sin remedio la caucásea y patriarcal Santa Cruz de la Sierra”.
Moreno imaginaba un orden social que a la vez era natural, y por tanto comprensible y previsible de una manera naturalista, considerada por él la única científica. El comportamiento de los grupos sociales, considerados primeramente como razas, como grupos biológicos radicalmente distintos entre sí, estaba determinado por sus estructuras congénitas. No había espacio, por tanto, para ninguna reforma social. La educación de los indígenas de Mojos, las leyes que los consideraban ciudadanos, habían sido intentos de hacer, “de modo extra-genésico”, que la naturaleza diera un salto imposible dentro de la escala de los seres orgánicos. Al revés, una vez contaminada la raza por la hibridación genética, la decadencia resultaba inevitable.
La historia del país era una lucha evolutiva, en la que los mejor dotados, si se mantenían puros, triunfarían de manera inexorable sobre los que lo eran menos. En la concepción positivista no había espacio para la responsabilidad moral. Así como nadie puede ser culpado de enfermar o de morir, ya que estas son condiciones y posibilidades consustanciales al ser humano, tampoco nadie podía ser criticado por gobernar, sujetar, esclavizar y destruir a quienes eran sus inferiores.
(*) Fernando Molina es periodista






