Filmar a gente leyendo, a gente comiendo y cocinando, a gente pensando, componiendo, escribiendo. Poca acción, mayor calma, registrar la experiencia. Esa que la inmediatez ha hecho desvanecer en medio de la velocidad de la información sin narrativa. Registrar toda clase de demoras. La de servir el té lentamente, la del humo de un incienso jugando a trenzar la nada en direcciones siempre azarosas, la de secar al sol la ropa recién lavada, que es siempre diametralmente opuesta a la velocidad intempestiva de guardarla cuando un trueno estrambótico ha anunciado la presencia del aguacero. La demora de los lápices sombreando un rostro imaginado desde la memoria de las noches, la demora de un ejército inofensivo de jubilados acarreando pesadas bolsas hacia sus adivinadas soledades.
Estas tareas, como la de coleccionar asombros, requieren de paciencia y de suma tolerancia ante las faltas de astros, los desastres. La paciencia de las dos partes que se necesitan para completar una historia, la misma que se necesita para completar una melodía en una técnica denominada dialogal, la de los sikus, la de los pares complementarios. La paciencia como entendimiento entre partes, como cosa de una suma cuyo resultado siempre va a ser el todo, la totalidad.
Cada vez más difícil detenerse, frenar al índice tocando la pantalla, detener la prisa de los nervios para alcanzar los objetivos del día, que suelen ser, obtener la aprobación inmediata de cualquier actividad expuesta a esa otredad sin rostro ni volumen ni sustancia. O convencer a la comunidad de los dispositivos, a pensar igual, a que cualquier anomalía es una falta. Dirigiéndose a esos bits de inexistencias, que, sin embargo, hacen mal, opinan, juzgan, desaprueban, inhabilitan, suman datos. Cada vez más complicado asumir que la demora exaspera y puede ser, de aquí en más, un acto de desobediencia.
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Hace ya muchos años, primero en la vieja Europa, en Italia, para precisión, se ha desarrollado el concepto de Slow Food en la gastronomía. Cosa de personas ricas, afirmarían los ricos que para quedar bien con la historia, necesitan del voto de los pobres. Sin embargo y eludiendo los reduccionismos conceptuales, esta forma de enfrentar el quehacer de la gastronomía, trajo una serie de cuestionamientos a las formas urbanas de consumir alimentos como si de cargar combustible se tratara. La slow food conlleva, sobretodo, paciencia. Paciencia y demora. Pero también historia. Aprender el aroma de las hierbas y de las especias, el color de las verduras, los matices de los verdes, las combinaciones perfectas de los condimentos después de un sin número de pruebas y errores, las conversaciones durante la espera. La cocina así, recupera ese espacio de intimidad que le arrebató la velocidad.
En un curso de lectura veloz, un sujeto apurado, con todas las ganas de completar un grado lo más rápido posible, intentó hacer trampa aprendiendo de memoria un texto breve que después iría a elegir para una prueba. Pero el profesor, acostumbrado a todas las trampas posibles, le cambió el texto. El resultado, el alumno terminó rápidamente fuera de la academia de lectura veloz, que entre otras cosas, garantizaba velocidad, no comprensión.
Una palabra, la precisa, no cualquiera, esa y no otra. La que ha sido elegida para describir un estado de ánimo, un color sospechoso, una forma desconocida. Esa palabra, es el resultado del tiempo invertido en ella.
También ese sonido, esa combinación de sonidos, esa relación del sonido con su interrupción, de la mano con el objeto sonoro. Esa complicidad en lo vibratorio, resulta también de una inversión de tiempo. De una imprescindible demora que derivará, sin lugar a dudas, en la experiencia. Y así, es en los registros de la experiencia, en los que se guardan los decires del mundo, que tienen narración, como las cosas que envejecen, las que engendran una pátina que sabe contar, las que suenan mejor, las que huelen mejor, las que crujen sin peligro, las que se oscurecen, las que se agrietan y dejan pasar la luz sin molestar.
Óscar García es compositor y escritor.






