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Megalópolis

La última película de Francis Ford Coppola, un genio de 85 años, es ambigua. Por momentos sobresaliente y a ratos un sopor. Como retrata a los arquitectos en medio de una distopía capitalista, van unos comentarios sobre algunas manías de mi gremio. Ford Coppola construye al héroe, el arquitecto Cesar Catilina (Adam Driver), como un […]

Megalópolis
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Por Carlos Villagómez
IMAGINARIOS PACEÑOS
/ diciembre 26, 2024
en Columnistas, Opinión

La última película de Francis Ford Coppola, un genio de 85 años, es ambigua. Por momentos sobresaliente y a ratos un sopor. Como retrata a los arquitectos en medio de una distopía capitalista, van unos comentarios sobre algunas manías de mi gremio.

Ford Coppola construye al héroe, el arquitecto Cesar Catilina (Adam Driver), como un semidiós del urbanismo a lo Frank Lloyd Wright, Le Corbusier o Norman Foster. El arqui Cesar Catilina crea, ex nihilo, con un lápiz y unas escuadritas, la ciudad del futuro Megalópolis que reemplace al New York oscuro, amoral y libertino, del tercer milenio. Además, ese arqui vestido de negro, es también científico y crea un nuevo material, el Megalón, con el cual construirá ciudades, vestidos, tazas, etc. O sea, el arqui es: diseñador, investigador, promotor, churro, amante, filósofo, borrachín y puede detener el paso del tiempo. Todo un portento que merece el Premio Nobel. Vaya plomazo.

Las escenas donde Cesar Catilina muestra a una vasta audiencia su nueva ciudad son geniales. Explica su gran maqueta con esa filosofía barata con la cual los arquis presentamos nuestras ideas: un bla bla sobre la humanidad, lo fenomenológico, la resiliencia, el estilo, entre otras linduras. Todos subidos en un inestable andamiaje. Claro que el viejo Ford Coppola sabe de símbolos.

Lea también: ¿La pelota no dobla?

Megalópolis recibió críticas divididas: “Excesiva, errática, inclasificable… un despropósito de proporciones épicas”, “la cosa más loca que he visto. Y mentiría si dijera que no he disfrutado cada segundo”. Yo la he gozado por partes. Las escenas del estudio del arqui, con un grupo de asistentes a cuál más excéntrico y estrambótico, son calcadas de la realidad. A la hora de diseñar somos atrabiliarios y presuntuosos jugando con maquetitas sin pensar en el otro. Por si esto fuera poco, nos promocionamos como Mesías dispuestos a salvar la humanidad con nuestras ideas arquitectónicas; pero, por supuesto, sin perder la ocasión de hacer negocios para el gran capital sea del tío Crassus III o del alcalde el negro Cicero.  Obviamente, a tan enervante personaje, le iba a llegar su merecido: un niño, otro Hijo de Sam, lo encuentra en un estacionamiento y le pega un tiro en la cara.

Pero como los viejitos somos tiernos, Ford Coppola termina su fábula, épica y exuberante, con un mensaje de telenovela sudamericana: “con amor todo florece”. El arqui resucita con Megalón y con su nueva familia pasea por Megalópolis en unos espacios futuristas realizados, dicho sea de paso, con los peores efectos especiales del último tiempo. Al director y guionista, que puso 120 millones de dólares de su fortuna amasada con el vino, no le alcanzó para efectos de primer nivel. Es que las y los arquis no nos merecemos más.

Carlos Villagómez es arquitecto

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