Se percibe, se huele en el ambiente y se comenta en círculos culturales y también en los otros; la gente está hastiada de la pobreza intelectual superlativa a la que los políticos de turno han llevado al país en las décadas precedentes. La calidad ideológica y la lucha de posiciones partidarias pasaron a ser recuerdos, los debates de políticos de estirpe se reemplazan con truculentas intervenciones para dañar a los oponentes, el show mediático reina en los medios tradicionales, también en las redes sociales; se acude al variopinto y diverso mercado de tecnologías para armar desde discursos con inteligencia artificial (IA) hasta pantomimas que hacen soñar a multitudes una realidad artificial que se quiere imponer.
“Las masas nunca han sentido sed por la verdad. Se alejan de los hechos que no les gustan y adoran los errores que les enamoran. Quien sepa engañarlas será fácilmente su dueño, quien intente desengañarlas será siempre su víctima”. Decía Gustave le Bon en su Psicología de las masas. Pareciera escrita exclusivamente para nuestras organizaciones populares actuando a través del tiempo, siempre siguiendo a vendedores de humo y a Mesías de toda laya, siempre con la ilusión de un renacer feliz que nunca llega. Solo así se explica la supervivencia de caducos líderes que aparecen como hongos en tiempos electorales, o aquellos que ven en ellos una oportunidad de negociar añejas siglas de partidos ya desactivados del quehacer político. También están los que se autocalifican renovadores, aquellos que venden las ilusiones de los avances tecnológicos de punta, las recetas para la transición energética o el desarrollo de la industria sin chimeneas como el turismo masivo que pretenden instaurar como si fueran recetas de cocina, cuando a través de la historia solo hemos podido instalar elefantes blancos que adornan la geografía patria (v.g. Plantas de volatilización de estaño, Planta de plomo-plata en Karachipampa, Ingenios azucareros y plantas industriales fallidas) cuando en su tiempo eran sueños de moda a los que nos adherimos con todo el empeño, para desencantarnos a la vuelta de la esquina. Hoy renovados y añejos líderes quieren hacernos soñar con dominar el negocio del litio cuando en más de medio siglo solo hemos desarrollado un proyecto con tecnología de los años 70 para cambiarlo después a la tecnología de moda la extracción directa que ya se concreta en el vecindario mientras seguimos soñando en grandezas. Lo mismo ocurre cuando están de moda las tierras raras o el cobalto, si se habla de petróleo, gas o cobre, níquel o platino, agroindustria o energía verde. Nos adherimos con entusiasmo sin siquiera considerar las posibilidades del país, pero la realidad nos golpea cuando empezamos a pensar en reservas, costos, infraestructura, factibilidad y toda la parafernalia a la que se acude cuando se trabaja en serio. Es en ese instante cuando los vendedores de humo y los Mesías desaparecen para dejar el bulto a los operadores y especialistas.
Pese a todo, las masas definirán al nuevo líder en las urnas o en las calles, el alcance de los aspirantes solo llega a los conglomerados citadinos donde sueñan con estadísticas de triunfos pírricos; sería bueno que se dieran un baño de humildad y bajen a los conglomerados rurales y a las organizaciones sociales, ahí actúa el soberano, ahí se definirán los nuevos inquilinos de Palacio, de ahí saldrá un líder que venderá humo y hará soñar o tal vez siendo la excepción a la regla, un líder correcto que inaugure un nuevo ciclo en la política boliviana. La esperanza es lo último que se pierde, empecemos el nuevo año con la ilusión intacta. FELIZ AÑO PARA TODOS.
Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.






