Años atrás, cuando tuvimos la última elección presidencial, en esta columna (La Razón, febrero 2019) hacía algunas reflexiones sobre esos tiempos electoreros que ya son historia y cuyas consecuencias las vivimos hoy; apuntaba al jolgorio y a lo que llamo la cultura de la hora cívica como los parámetros reiterativos de comportamiento de las masas populares para apoyar al Mesías de su preferencia y de estos personajes para vender humo y promesas para ganar el apoyo circunstancial de la gente. Hoy, estamos otra vez en tiempos electoreros, con nuevos Mesías, con candidatos que envejecen en el intento y con exmandatarios que no quieren dejar o quieren volver a las mieles del poder.
Concluía entonces con algunos ejemplos sobre la fanfarria banal en el sector productivo de los recursos naturales: i) No se está definiendo todavía el rumbo de la industrialización del salar de Uyuni, pero ya se anuncian nuevas inversiones en los salares de Coipasa y Pastos Grandes; no se tiene idea de los costos de producción, del mercadeo y competitividad de los productos, pero ya tenemos una ensambladora de baterías y de computadoras en La Palca; no sabemos el nivel de industrialización óptimo para competir en el rubro, pero seguimos con el impulso de vender humo a las regiones para tenerlas contentas; ii) Hemos reducido el Proyecto Siderúrgico del Mutún a su mínima expresión después de más de medio siglo de intentos fallidos de un emprendimiento a todas luces marginal y no sabemos cómo nos irá compitiendo con aceros de Brasil o de China que inundan nuestros mercados; pero hay que seguir, total, lo importante es mantener la expectativa en Santa Cruz y en Puerto Suarez; iii) Hace décadas repetimos que es una prioridad que el Estado asuma el control de la producción y comercialización del oro en el país, a todas luces el proyecto más rentable para las arcas del Estado si se lo controla adecuadamente, pero seguimos mirando de reojo el asunto y permitiendo que la informalidad y la ilegalidad se campeen en el norte del país; total, tenemos contentos a cooperativistas, garimpeiros, mineros marginales, comercializadores y contratistas. Seis años después, podemos decir que no hemos avanzado ni un milímetro en este comportamiento y las perspectivas electoreras son idénticas: mucho jolgorio, guirnaldas de flores y papel picado, la venta de humo prospera, la realidad se estanca.
El potencial obvio de minerales y energéticos que tenía el país permitió mantener este juego cruel de extractivismo puro y duro que fue el sueldo del país desde su fundación. Hoy nos toca competir cuando ya no hay yacimientos obvios y debemos buscarlos con tecnología de punta que nos permita “mirar” más allá de la obviedad. El avance tecnológico requiere soluciones y políticas adecuadas al momento, no fanfarria ni tiempos electoreros permanentes. El reto: hacerlo más allá de la coyuntura y de los dogmas. ¿Cómo lograrlo?
En mi columna anterior (Hastío, La Razón 03.01.25) describía el desasosiego que vive la gente por esta situación; hoy propongo, pese a la espectacular sentencia de Gustave le Bon transcrita en esa columna, que debiéramos ir más allá del lamento; las masas populares y los más aptos operadores del desarrollo nacional (profesionales, empresarios, investigadores, mano de obra calificada, etc.) debieran buscar un pacto; complementariedad de opuestos, diría Filemón Escobar (+), que permita una revolución del comportamiento ciudadano que acabe con el jolgorio y que asuma la responsabilidad de los destinos del país en el menor tiempo posible, bajo normas claras y acordes al momento que la humanidad está viviendo, que lo inserte al desarrollo global y deje de ser una isla gobernada por dogmáticos lideres ya caducos y vendedores de ilusiones.
*Es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.






