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Nostalgia de las derechas: el Estado

Este año celebraremos 42 años de democracia; hubiesen sido 43, no se toma en cuenta el año del gobierno de facto presidido por Añez. La pregunta es por qué la derecha, con mayor experiencia y ascendencia partidaria de cerca de un siglo y medio, no puede reorganizarse partidariamente como proyecto político estatal desde la crisis […]

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César Navarro Miranda

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Por César Navarro Miranda
PUNCHAY
/ marzo 13, 2025
en Columnistas, Opinión

Este año celebraremos 42 años de democracia; hubiesen sido 43, no se toma en cuenta el año del gobierno de facto presidido por Añez.

La pregunta es por qué la derecha, con mayor experiencia y ascendencia partidaria de cerca de un siglo y medio, no puede reorganizarse partidariamente como proyecto político estatal desde la crisis de octubre de 2003. Desde las elecciones nacionales de 2005, las diferentes derechas solo lograron conformar frentes electorales similares a clubes de amigos, que duran lo que dura la campaña electoral y no logran trascender más allá del resultado electoral.

El origen de las derechas partidarias fue en ser en el engranaje del Estado oligárquico colonial, la derrota militar, la perdida territorial, y la crisis que derivó de la invasión militar y oligárquica anglo-chilena a las costas bolivianas —Guerra del Pacífico— implicó desplazar a los militares del poder político; la oligarquía minera de la plata asume la dirección del gobierno y para ello fundó dos partidos, Conservador y Liberal, e institucionalizó el sistema político con una democracia censitaria, racial y patriarcal. Almaraz denominó a este periodo la instauración de la Segunda República; el primero gobernó desde 1880 hasta la Revolución Federal de 1899 y el segundo, las dos primeras décadas del siglo; se dividió y se fundó el Partido Republicano, fue la disputa entre la oligarquía minera del estaño. Estos tres partidos gobernaron ininterrumpidamente por 55 años hasta su derrota militar y la pérdida territorial en la Guerra del Chaco.

Las derechas retomaron el control estatal en el momento que el MNR proscribe del nacionalismo el sentido revolucionario; ése es el tiempo que el nacionalismo adquiere la dimensión ideológica de derecha; civiles y militares enarbolan esta bandera, y las dictaduras militares de Barrientos y Banzer que instalaron el fascismo lo hicieron en nombre el nacionalismo.

La dictadura parió su partido, Acción Democrática Nacionalista (ADN); el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) fue el núcleo civil partidario que posibilitó la dictadura. Ambos partidos y líderes —Banzer y Paz Estenssoro— se reconvirtieron en demócratas en los albores de la democracia, se constituyeron en los pilares del sistema político, gobernaron alternando durante 20 años en la era neoliberal. Los otros partidos, MIR, NFR, UCS, Condepa, MBL y FRI, eran el complemento que necesitaban para mantener el control político estatal.

Las derechas partidarias fueron Estado, su forma de vida política giraba en función del poder político y económico, y los beneficios que les otorgaba, personal, familiar y grupalmente.

Las derechas partidarias tenían las instituciones y la condición estatal para la reproducción ampliada del poder, pero, contrariamente, su militancia no trascendía más allá de los funcionarios públicos.

El control estatal les daba el monopolio en el poder, pero no eran mayoría democrática; todas las derechas eran minorías electorales. La suma de sus parlamentarios les daba el privilegio para autoelegirse en alternancia en el gobierno, lo que popularmente se llama “pasanaku”.

Cuando fueron derrotados democrática, electoral y moralmente en 2005, perdieron su fuente de poder: el Estado, ese fue el inicio de su crisis indefinida.

Se atrincheraron en las gobernaciones y en los municipios capital. Cada autoridad, gobernador o alcalde, anuncia con ch’alla la fundación de su partido, proclama ser la nueva opción electoral y presidencial, pero se limita a ser solo anécdota democrática. Luego se diluyen.

Esta elección no será la excepción; los presidenciables fueron autoridades desde el siglo pasado y son candidatos permanentes en cada elección. Todos a la vez, y por separado, sin ruborizarse se presentan, a pesar de las canas y la calvicie, como la renovación; tienen el eslogan apropiado para el momento, hasta ahora no pusieron el pie en el embrague para hacer un cambio y una autocrítica necesaria.

Esas derechas fueron lo que fue el viejo Estado republicano y colonial; las nuevas derechas que emergen son de extrema, tienen un razonamiento periférico, se miran en el espejo de Milei, Bolsonaro o Trump; tienen el mismo libreto de las viejas y eternas derechas, se consideran euro-americano-céntricos y miran con superioridad y desprecio lo plurinacional popular. Es su retrato histórico, por ello no pueden ser opción estatal; su aspiración en esta elección es llegar a la segunda vuelta. Será el tiempo para mezclarse a nombre de la unidad y utilizar todo el poder mediático, religioso y empresarial que disponen para volver a apropiarse del Estado.

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