Grandes brindis y gran celebración. Tal fue la magnitud de las distintas actividades de la fiesta paceña que las evidencias físicas terminaron por afectar al ornato público y la seguridad ciudadana.
De los manjares chuk’utas y de sus recetas quedó la basura apilada, las aguas servidas, las manchas en el suelo y los papeles desechados tras usarse como servilletas. Luego de que el estómago había recibido con júbilo una variedad de alimentos y bebidas, fue la calle la que se convirtió en un indefenso mingitorio popular. Después de que el alcohol calentó el cuerpo y exaltó los afectos ciudadanos, quedaron las caídas involuntarias por la embriaguez, los malentendidos que derivan en violencia y la exposición a asaltos y otros crímenes.
Todo lo que se hace tiene consecuencias. Y un gran festejo también deja sus grandes residuos. Lo paradójico del caso es que para celebrar a La Paz, destrozando la ciudad y a nosotros mismos.
¿Es el alcohol asunto de todos los años? Por supuesto. Pero esto no quita el hecho de que ya va siendo hora de que el desenfreno deje de ser la única vía de escape aceptada ante una vida llena de obligaciones y penas. El derecho a celebrar, como los demás aspectos de la vida, es válido mientras no afecte los derechos del otro, aún más cuando el dañado es el mismísimo festejado.






