La declaración final de la Cumbre del G20, realizada en Seúl, dejó sabor a poco en gran parte de la opinión pública internacional, sobre todo influida por una visión catastrofista de los medios de comunicación. Es verdad que la tónica de las últimas reuniones de las 20 economías más poderosas del planeta ha sido el desacuerdo, pero en esta ocasión se debía buscar consensos para medidas cuyos resultados se verán a mediano y largo plazo, lo que suele exasperar a los críticos.
Si bien es cierto que la guerra monetaria no se frena en seco con las determinaciones asumidas en esta cumbre, al menos se han definido acciones tendientes a vigilar el comportamiento de las tasas de cambio. Algunos esperaban medidas más agresivas, quizá, como la conseguida por el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC), en cuyo marco sus 21 miembros, incluidos EEUU y China, han acordado avanzar en un sistema de devaluación de la moneda regulado por el mercado.
La principal preocupación en Seúl era el anuncio del gobierno de Barack Obama de que la Reserva Federal emitiría en los próximos meses 600 mil millones de dólares para impulsar la recuperación de la economía estadounidense. Eso daría paso a una mayor oferta de dólares, con el propósito de apreciar las monedas de los países que tienen superávit pero, además, se afectaría a las economías en desarrollo, entre ellas de América Latina, con un aumento de la tendencia a la apreciación de sus propias monedas.
EEUU, a diferencia de Alemania, Japón o China, soporta una fuerte presión por su déficit en cuenta corriente; por ello el indicio de que la administración de Obama aplicaría una nueva medida proteccionista. El mecanismo multilateral de la cumbre parece haber detenido, al menos por ahora, la anunciada emisión de dólares.
Tras bambalinas se puede atisbar cómo la división ideológica se patentiza en las diferentes visiones sobre la arquitectura económica mundial. La posición minoritaria de los presidentes Chávez y Morales, de pedir la eliminación de los gastos militares, no ha surtido efecto en Seúl. El peso específico de Venezuela y Bolivia en estas reuniones cae a medida que sus presidentes se alejan de la corriente imperante; pero, en el caso de los multimillonarios presupuestos que en vez de mitigar el hambre sirven para fines bélicos, se demuestra la falta de sensatez de la mayoría de los gobiernos del planeta.






