Su conmovedora historia ha ocupado las primeras planas de los periódicos de todo el mundo. Y no sólo eso, sino que ha puesto de nuevo en el mapa a Myanmar, un país conocido por su antiguo nombre, Birmania (hasta 1989), y destacado por ser uno de los más pobres de Asia, además de las catástrofes naturales que le han azotado sin piedad en los últimos años.
Es la historia de Suu Kyi, una mujer luchadora que, fruto de la persecución política, se ha acostumbrado a los embates de la dictadura. Ella no tiene nada que demostrar: cuenta con el reconocimiento generalizado de propios y extraños; sin embargo, es consciente de su papel vital para la restitución de la democracia en su país.
De engañoso aspecto frágil, no se conforma con haber ofrecido gran parte de su vida a la defensa de los derechos humanos y, a los 65 años, se muestra entera y con ganas de seguir dando pelea. «Democracia es cuando el pueblo puede supervisar al Gobierno. Aceptaré que el pueblo me supervise», señaló un día después de recuperar la libertad, dejando entrever su intención de tomar las riendas de Myanmar por la vía democrática. También dijo algo que toca indirectamente a la actualidad boliviana: «la base de la libertad democrática es la libertad de expresión».
La carismática líder, al haber ganado las últimas elecciones democráticas celebradas en la ex Birmania, simboliza el mayor peligro para la continuidad de los generales que están al mando del Gobierno desde hace dos décadas. Ella lo tiene claro y, en vez de optar por la confrontación, se ve dispuesta a seguir enseñando el camino de la paz. Aclaró que no le guarda rencor a la Junta Militar y que está a favor del diálogo para lograr la reconciliación nacional.
Cincuenta millones de personas tienen la posibilidad de cambiar sus vidas rotundamente; dependen ahora del éxito o el fracaso de la nueva incursión política de Suu Kyi.
El mundo que defiende el imperio de las libertades espera que el sacrificio de Suu Kyi no haya sido en vano y que dé paso a la restitución de la democracia en Myanmar. Más allá de los dictámenes de la política fría, esta mujer —como lo hizo Nelson Mandela en su África negra— ha dejado en evidencia, para el aprendizaje de todos, el coraje y la valentía de los héroes, de los llamados a escribir la historia grande de los países donde la lucha por los derechos humanos cuesta y mucho.






