Si no fuera por el preocupante llamado a la insurgencia, el video en el que tres hombres se identifican con el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y, sobre todo, la presunción de las autoridades peruanas de que esa grabación se hizo en la selva de Bolivia, no deberían haber pasado de una mera hipótesis y mucho menos haber provocado la inquietud que hoy nos ocupa. Ninguna prueba ha sido presentada y, sin embargo, no han faltado las especulaciones temerarias.
Descontando su fiabilidad, resulta difícil adivinar las intenciones que tuvieron las fuentes de Inteligencia de la Dirección contra el Terrorismo (Dircote), citadas por un órgano de prensa que hizo de caja de resonancia de la noticia difundida el jueves pasado en Perú. Una declaración sí tiene nombre y apellido, la del ministro del Interior Fernando Barrios quien, entre otras frases, señaló: «Se presume que la grabación se habría dado en la selva de Bolivia».
Con tales condimentos, el revuelo binacional estaba asegurado. El MRTA sembró el miedo en los años 80 pero saltó a la fama mundial en 1996 con la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima, que duró cuatro meses y, según investigaciones posteriores, se financió con el dinero pagado por el rescate del empresario Samuel Doria Medina. Desde entonces, el grupo subversivo ha ido perdiendo peso hasta ser declarado prácticamente extinguido.
Nadie contaba, en las postrimerías de este 2010, con la aparición de un trío de sujetos que, ataviados con uniforme militar, pañuelos rojos y boinas, más la imagen de Túpac Amaru al fondo, resucitarían al supuestamente difunto MRTA. En rigor, no es posible asegurar que estas personas representan al grupo tristemente célebre por solventarse con los negocios ilícitos del narcotráfico y el secuestro; pero tampoco se puede afirmar lo contrario.
Sin nada seguro, tratándose de un asunto delicado como el terrorismo, las reacciones conocidas a partir de la difusión del video fueron, por lo menos, apresuradas. De ambos lados. De Perú y de Bolivia. Las autoridades del vecino país debieron mostrarse cautelosas ante la versión de que el MRTA tendría instalado un campamento en la selva boliviana, mientras que sus pares de la Policía de este lado de la frontera no tenían por qué desestimar tan prontamente aquella posibilidad. A investigar, para luego confirmar o rechazar.






