El desgaste progresivo de la diplomacia entre Bolivia y EEUU, uno de cuyos puntos críticos fue el repliegue de sus embajadores el 2008, solo ha logrado afectar el espíritu pacifista de estos pueblos e interrumpir el desarrollo de políticas bilaterales que favorecen a los habitantes de ambos países.
El pretexto de turno para el deterioro de las relaciones tiene nombre de un tercer país, Irán, a lo que se ha sumado una nueva alusión al presunto intento de golpe de Estado que el Gobierno viene adjudicando desde hace dos años a la estadía de Philip Goldberg en la embajada de la zona de San Jorge.
Un día antes de que el presidente Morales se estrellase contra EEUU en la reunión de ministros de Defensa, Robert Gates, secretario de Estado en la administración de Obama, recomendó cautela en las negociaciones con el régimen de Mahmud Ahmadineyad. Esto enojó a Morales, quien señaló que «Bolivia, bajo mi dirección, tendrá acuerdos, alianzas con todo el mundo; nadie me va a prohibir, tenemos derecho, somos de la cultura del diálogo».
La Razón ha sido clara en una anterior oportunidad al expresar su posición de que son bienvenidas las relaciones con Irán que signifiquen un afianzamiento de los lazos bilaterales para beneficio de los bolivianos (por ejemplo, para avanzar en la cuestión comercial y facilitar el intercambio de turistas), pero no deben ser óbice para un pronunciamiento tajante en contra de las constantes violaciones a los derechos humanos de los iraníes.
A la conferencia de ministros de Santa Cruz llega el eco del ruido de tambores por la crisis de los centroamericanos Costa Rica y Nicaragua. Los momentos de zozobra vividos a lo largo de la historia y las no muy lejanas tensiones entre Colombia y Venezuela tendrían que haber dejado una lección a Bolivia. No sería nada inteligente entrar en una espiral de confrontaciones innecesarias con países amigos.
Porque… ¿EEUU es amigo o no? El Gobierno debe definir, de cara a la población, su postura frente al país del Norte y no anunciar un supuesto interés en recomponer las relaciones y, después, hacer todo lo contrario. Persiste la incoherencia entre el discurso político y los hechos concretos. Por otro lado, para que se produzca la aproximación hará falta que los dos gobiernos acepten llevarla a efecto, sobre la base del respeto mutuo. Ni Bolivia tendría que atacar a EEUU, ni EEUU interferir en las decisiones soberanas de Bolivia.






