Cada 23 de marzo, la pérdida del Litoral se actualiza en el imaginario boliviano como una herida que no termina de cerrarse. Los años pasan (ya van 132) y los ritos se repiten. Por medio de discursos, desfiles, himnos y otras ceremonias cívicas, se renueva un sentimiento nacionalista de reivindicación marítima en cada generación; sentimiento que, sin embargo, no logra ser plasmado en una posición concreta sostenida por políticas de largo aliento. Con cada nueva administración no solamente se renuevan los actores, surge asimismo una nueva posición respecto al mar, con propias e «inéditas» estrategias. En momentos de crisis interna, por ejemplo, los gobiernos gustan actualizar el enclaustramiento buscando cohesionar las fuerzas centrífugas. Actitud con réditos políticos a corto plazo, pero que termina truncando cualquier avance logrado en anteriores gestiones.
La continuidad de Evo Morales en la presidencia está dando buenos y alentadores resultados. Es de esperar que la posición gubernamental se mantenga, pero, sobre todo, que este espíritu cívico del 23 marzo se traduzca en una posición concreta sobre el acceso al mar, sostenida por políticas e instituciones que se sitúen por encima de las circunstancias; y que esta experiencia se desplace también a otros ámbitos, como la educación, la salud o el cuidado del medio ambiente.






