Al leer u observar relatos sobre esclavitud en épocas pasadas, uno no puede sino indignarse a tiempo de juzgar severamente aquel sistema; sin embargo, no se necesita escarbar demasiado profundo o mirar muy lejos para darse cuenta que, en pleno siglo XXI, se siguen cometiendo barbaridades en civilizaciones supuestamente avanzadas.
El fin de semana, en Argentina fueron rescatados 205 bolivianos esclavizados en una finca agrícola, varios de ellos niños entre 6 y 11 años, que no sólo debían soportar condiciones infrahumanas de hacinamiento, sino que además eran obligados a cosechar frutos. En otros operativos también se rescataron decenas de adolescentes y mujeres jóvenes obligadas a ejercer la prostitución.
¿Y en casa cómo estamos? No mucho mejor, baste recordar el reciente informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (03-2010) sobre la existencia de comunidades indígenas cautivas; o los casos de trata y explotación sexual en El Alto, para saber que por estos lados también queda mucho por hacer en el campo de los derechos humanos; pero sobre todo que la eliminación de estas prácticas contemporáneas de esclavitud es responsabilidad de todos, pues son producto de nuestra sociedad.






