Al Qaeda nació a fines de los 80 entre un grupo de hermanos que se organizaron para luchar contra las fuerzas soviéticas que invadieron Afganistán. Expertos e informes internacionales consideran que este grupo, incluyendo a Osama bin Laden, fue armado y entrenado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, con el propósito de contener la expansión del comunismo.
Diez años después, Bin Laden, con la promesa de configurar un verdadero Estado islámico, rompió con su familia y la monarquía saudí que apoyaron a los EEUU durante la Guerra del Golfo (1991). La propaganda antiamericana y antiisraelí fue entonces la bandera de esta nueva encrucijada liderada por Osama, cuyo método de lucha fue, naturalmente, el aprendido entre las montañas de la cordillera del Hindu Kush. Una variación de la guerra de guerrillas (guerra santa para unos, terrorismo para otros) que encontró en septiembre del 2001 su más terrible expresión, con el secuestro de aviones comerciales que terminaron con la vida de aproximadamente 3000 civiles.
Por su parte, los gobiernos occidentales no dudaron en apoyar corruptas y nefastas dictaduras (que trajeron hambre y opresión a sus pueblos) para oponerse al avance del terrorismo yihadista y de Al Qaeda. Pero ahora, las circunstancias y la historia están pasando por encima de los hombres, sus organizaciones y estratagemas. Osama bin Laden ha muerto en un momento en el que las capacidades operativas de Al Qaeda estaban erosionadas por la arremetida estadounidense, pero sobre todo por la pérdida de apoyo popular en las sociedades musulmanas cuyos gobiernos se mostraron incapaces de garantizar el bienestar de su población, y en particular el de los jóvenes de clase media.
En efecto, el mundo árabe está viviendo una verdadera revolución en la que Al Qaeda no ha tenido ningún papel, y que podría culminar con la configuración de verdaderos estados islámicos, pero de corte democrático, respetuosos de la libertad y la equidad, como en verdad predican todas las grandes religiones, y no atravesada por la lectura de odio y violencia propuesta por grupos fundamentalistas para conseguir y mantener prerrogativas; y que algunos países occidentales también se encargaron de difundir y enraizar en la opinión pública de sus sociedades para reforzar la imagen de Israel como un islote occidental estable y civilizado rodeado por un mar de fanáticos islamistas.






