Imaginemos lo que se nos viene: personas divisan la caravana de músicos, poetas, artistas, que llegan y transitan. Sin colores distintivos, sin discursos famosos, los artistas sonríen a los pasantes. Paseando, las personas observan a las personas, no las conocen, se alegran. Todos —enamorados, vecinos, niños, estudiantes— miran su ciudad en objetos, en pedazos guardados bajo el techo de teja-calamina. Después, todos se miran y se reconocen.
¿Quiénes son los que traen sillas, mesas? ¿Quiénes son aquellos que traen micrófonos y parlantes? ¿Quiénes son los que miran la ciudad? Dicen que son artistas, que van a leer y cantar. Dicen que es un Festival, que el arte es el último intento de curar la ciudad… Los pasantes se miran: los unos entienden esa herida; los otros divisan esa herida.
Avanzada la noche de este sábado 21, en calles-callejones de permanencias aparece la luna. En la multitud todo se mueve y se recuerda. La historia vuela como un pájaro; el verso principiante se escucha; la ciudad se despeja. Y nos percatamos de los cerros nublados, el humo bailante del cigarrillo, mientras ocupamos las sillas y obedecemos al micrófono convocador, presentador… El pasante descansa en la piedra. La ciudad descansa en el arte: es «La noche de los museos».
Las personas escuchan historias ¿sus historias? Sentadas, dejan caer sus cabezas, reciben el arte. Fascinados por las palabras —su ritmo, su paz, su bálsamo— las personas aplauden. El arte termina y comienza. Dicen que su verso convoca los buenos amores, las épocas de lucha, los sueños de otros tiempos.
Adentrada la noche, cuando es más intensa, el arte se despide. Los pasantes se levantan, se miran y siguen transitando. ¿Quiénes fueron los que trajeron unas cuantas sillas y nos consolaron? ¿Quiénes fueron aquellos que trajeron micrófonos y cantaron remedios? ¿Quiénes fueron los que escribieron pócimas e intentaron curar la ciudad?
Finalizada la noche del 21: el viento; las nubes transitando; los techos oscurecidos; las calles encendidas, el micro circulando, los perros jugando, los niños bostezando; la luna toda redonda, toda blanca; la televisión apagada; las pantuflas aisladas; las nubes dormitando. Desvanecida la noche del 21, hay que conciliar el sueño aunque, cuando se cierran los ojos, comienza la algarabía de las palabras guardadas en la memoria que hacen reparaciones que no se entienden pero se sienten.






