En efecto, en Bolivia coexisten sociedades modernas y comunidades ancladas en el neolítico, poniendo en evidencia que la historia no es lineal, como algunos insisten en clasificarla. Desafortunadamente, muchas de estas poblaciones están siendo diezmadas por enfermedades foráneas. Por ejemplo, tres de 10 niños de la etnia chiman Emey mueren antes de cumplir los cinco años por infecciones estomacales, que contraen al beber agua del río Maniqui, en San Borja (Beni). Porcentaje aterrador que alcanza ribetes alarmantes en una población de tan sólo 150 habitantes.
Hasta hace no muchos años, el agua del río Maniqui era lo suficientemente limpia como para ingerirla sin problemas, pero, con la extensión de las colonias río arriba, llega ahora contaminada, causando graves perjuicios a los animales y comunidades indígenas de los alrededores. Y no sólo la parasitosis (bacteria que causa la diarrea) está mermando la población, sino también otras 15 enfermedades, como la tuberculosis, que se agudizan fatalmente debido a los altos índices de desnutrición.
En efecto, de las 1.600 personas que viven cerca del río, cerca del 48% sufre de este mal, que aumenta significativamente el riesgo de mortalidad y morbilidad durante los primero 24 meses de vida, pero además deteriora el crecimiento y el desarrollo de los niños, con impactos negativos que se extienden a la adolescencia y la edad adulta.
Un proyecto implementado por miembros y voluntarios de las organizaciones Solidaridad Canaria (España) y Gestión y Calidad en Salud (Usaid), junto con el Servicio Departamental de Salud del Beni, está tratando de equilibrar este gravísimo problema, proporcionando medicinas, pero sobre todo procurando cambiar los hábitos alimenticios y de salud de estas poblaciones, con la participación de su propia gente. Encomiable labor que se ve complejizada por el aislamiento de las comunidades (para llegar a Emey, por ejemplo, se debe volar una hora desde Trinidad hasta Misión Fátima, centro de operación de las ONG, de allí se debe navegar tres horas y una más a pie) así como por barreras culturales, pues sólo una de diez personas suele entender parcialmente el español.
Afortunadamente, todavía existen doctores como el español José Rivera o el orureño René Morales, que no quieren permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás y que están dispuestos a sacrificar su comodidad y toda ambición personal para luchar contra la injusticia y la pobreza.






