En efecto, el Cerro Rico de Potosí es una reliquia histórica de valor incalculable para el país, pero también para el mundo. Sus entrañas se erigen como testigos patentes de la Colonia, pero también del origen y crecimiento de Bolivia como Estado independiente. En sus bocaminas y demás compartimientos se hallan inscritas la injusticia, la miseria y la explotación que significó la minería colonial del cerro; pero al mismo tiempo manifiestan una belleza artesanal que sólo las manos experticias de antaño podían alcanzar.
Estos vestigios (aún vivos, visibles y funcionales) hablan también de ausencias cuyo valor resulta incalculable para comprender la historia; hablan de la plata que alguna vez pobló las entrañas del cerro y que permitió a España erigirse como el mayor imperio del siglo XVI; de un fundamental tesoro para la preeminencia de la cultura europea en el mundo; pero también de la ambición que mueve al planeta; sentimiento que, paradójica o naturalmente, pone ahora en riesgo la preservación de estos importantes resabios.
Se sabe que al menos 138 hundimientos carcomen la estructura del Cerro Rico, y que éstos se profundizan cada día por factores climáticos (como las lluvias), pero sobre todo por la ininterrumpida actividad minera que allí se desarrolla. El 13 de mayo, en un intento por preservar este patrimonio natural y cultural de la humanidad, el Concejo Municipal de Potosí propuso una ordenanza censurando las labores extractivas en la cima, pero no pudo entrar en vigencia ante las amenazas de los cooperativistas que hicieron recular al Alcalde potosino.
Al menos, este intento ha sacado a la luz un saludable debate que muchos procuran mantener debajo del tapete: ¿Cómo fiscalizar y controlar a uno de los sectores más relevantes de la economía, el sostén de muchos hogares bolivianos, pero que es también una de las actividades más contaminantes y nocivas para otras familias? ¿Cómo conciliar economía, cultura y medio ambiente? Debate implícito en la recomendación del Ministro de Minería que subrayó la importancia de realizar «una explotación racional y eficiente». Solución salomónica que suena bien, pero que resulta difícil de aplicar.
De todas maneras, se deben seguir buscando alternativas, pues mucho se halla en riesgo: un símbolo de valor histórico incalculable, la vida de muchos mineros y la posibilidad de proponer e implementar un sistema de explotación con sostenibilidad ambiental, laboral y cultural; cada vez más urgente y necesario en el país.






