En efecto, la práctica de quemar terrenos, mal llamada chaqueo, que no es lo mismo, pese a las numerosas advertencias acerca de su peligrosidad para el medio ambiente, parece incrementarse año tras año. Anualmente, se cuentan por cientos de miles las hectáreas que son arrasadas por el fuego; y con ellas, no sólo las plantas indeseables para la agricultura, sino también toda forma de vida.
Según el Director Ejecutivo de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT), sólo en el 2010 se reportaron 60.000 focos de calor; y en lo que va del año, se han identificado 1.366, cifra que puede interpretarse como un pésimo augurio de lo que se viene en los próximos meses
de julio y agosto.
Vistos en una imagen satelital, los focos de calor parecen apenas puntos rojos, pero en el terreno son verdaderos incendios de características dantescas, que además de afectar la vida silvestre provocan cantidades extraordinarias de humo que terminan por cubrir, literalmente, todo el cielo boliviano. Los efectos, entonces, se multiplican con las afecciones respiratorias y otros males derivados de la contaminación atmosférica, además de mermar la calidad de vida en todo el territorio nacional.
Desde hace muchos años, se despliegan grandes esfuerzos para enseñar a la población las formas correctas de quemar tierras sin causar daños mayores.
Hay para el efecto diversas publicaciones y brigadas de capacitadores se desplazan por las áreas rurales enseñando buenas prácticas a los campesinos y productores. No obstante, cuando el fuego comienza a extenderse sin control, este esfuerzo parece inútil.
Considerando la dimensión del problema, se han diseñado normas que penalizan las quemas irracionales y peligrosas; sin embargo, eso tampoco desanima a los quemadores, al extremo que, según el Director de la ABT, sólo dos de cada 100 hectáreas son sometidas a la purga del fuego contando con permiso legal.
Hay abundante evidencia de la existencia de mejores métodos de preparar la tierra para la siembra; empero, ninguno de ellos es tan económico y sencillo como encender un pequeño fuego y dejar que el viento se encargue de extenderlo.
Hay, pues, mucho trabajo por hacer para convencer a los quemadores de cambiar sus prácticas. La amenaza de sanción no es suficiente para disuadirlos, por lo que corresponde hallar mecanismos más eficaces.






