Salinas y sus acompañantes lograron con naturalidad sospechosa un contacto caluroso con un público desconocido para ellos. Los desconocidos recibieron con calidez un diseño interpretativo único: limpio, profundo, maduro, juguetón.
Luis interpretó en conexión con sus interlocutores, dirigió desde el sonido hasta las luces, habló con su público atento y emocionado. Sin muchas palabras, sin parafernalia, sin perder ni un minuto la intensidad de la intimidad que sólo un espectáculo tan cuidado permite. Es la potencia que se logra cuando el tiempo del músico es el tiempo de quien recibe un universo en proceso de creación.
Un acierto más de Ensamble de Altura. Es la posibilidad de presentaciones escogidas y renovadoras. Y lo que hace años era impensable: un invitado de estas características iniciando su presentación 10 minutos después de la hora anunciada.
Salinas conmovió con su interpretación. Luis sedujo con precisión; tiene la ventaja de poseer una voz que nace de su piel. La ciudad iluminada en su noche la escuchó. Es que no hay bella melodía…






