En una batalla de insultos, quien pierde la contienda no es el que más ofensas recibe, sino quien más las propaga; y es que una actitud de esta naturaleza no sólo manifiesta pobreza mental, sino también la falta de principios éticos. En efecto, como alguna vez señaló el propio Vicepresidente del Estado, cuando se carece de argumentos para sostener una posición, se recurre entonces a los insultos y al agravio del adversario. Al respecto, una conocida sentencia cristiana explica que no contamina al hombre lo que entra en su interior (ya que termina en el retrete), sino lo que sale de sus labios; pues de la abundancia del corazón, habla la boca.
Por eso, las recientes caricaturas de tono despectivo que aparecen en una revista de opinión, auspiciada por la bancada oficialista, lejos de causar daño a la oposición en realidad afectan negativamente al partido de gobierno, al poner en evidencia la falta de integridad de los responsables de su publicación, que vulneraron los principios de respeto que otrora promovieron en la Ley contra el racismo y la discriminación.
Para zanjar el impasse, correspondería reconocer y pedir disculpas por los excesos; sin embargo, algunos de los funcionarios involucrados, como el jefe de la bancada del MAS, insisten en evadir su responsabilidad.






