Semanas atrás, en este mismo espacio se alertaba sobre el avance de la leishmaniasis en varias poblaciones del norte de La Paz, debido a la expansión de múltiples asentamientos en zonas endémicas otrora despobladas. Ayer, un reportaje de este diario daba cuenta de que ya suman al menos 280 comunidades afectadas por esta enfermedad, conocida también como lepra blanca; uno de los males tropicales más peligrosos por su facilidad para expandirse (se transmite por la picadura de un mosquito abundante en la región), así como por los terribles síntomas que genera: úlceras que no duelen ni cicatrizan en la piel, en las mucosas e incluso en órganos vitales, cuyo deterioro puede conducir a la muerte de las personas o animales (sobre todo perros) infectados.
Recientemente, el Servicio Departamental de Salud desplazó a un equipo médico con el propósito de tratar a los enfermos de La Asunta y de ahuyentar a los mosquitos transmisores que viven en las comunidades hacia la selva; intención que previsiblemente encontrará escollos difíciles de soslayar, pues en realidad no son ellos quienes están invadiendo el territorio de los humanos, sino al contrario. A veces preferimos olvidar que la colonización viene siempre acompañada por profundas modificaciones ecológicas, con repercusiones difíciles de contener.






