En esta semana que termina, dos acontecimientos llamaron fuertemente la atención de nuestros lectores: la noticia de un altar erigido en los márgenes de la autopista, en un lugar conocido como la ‘curva del diablo’ por los accidentes de tránsito que ocurren allí frecuentemente, y su posterior destrucción. Este sitio, donde se congregaban cada martes y viernes por las noches varias personas para rendirle culto a una imagen diabólica, atrajo la curiosidad de los medios luego del hallazgo del cuerpo de un hombre en sus inmediaciones. La Policía baraja la posibilidad de que se trate de un sacrificio, y que no sería el primero, pues anteriormente también se encontraron cadáveres por aquel lugar.
A nombre de la libertad de culto, algunas voces manifestaron su rechazo a la destrucción de aquel lugar de adoración. No obstante, esta posición olvida que, previsiblemente, en ese sitio se congregaban, entre otras personas, criminales, pues cuando alguien opta por alejarse del bien es porque no desea que sus acciones salgan a la luz, sino que prefiere permanecer en la oscuridad para seguir delinquiendo. Presunción corroborada no sólo por las reacciones de susceptibilidad de los congregantes ante la presencia de uno de nuestros periodistas, sino también por las ofrendas y amarres enterrados en el lugar.






