El reciente “rescate” de ocho niños en Cochabamba que vivían en las calles (dos de ellos adolescentes embarazadas), inhalando clefa y consumiendo alcohol, para engañar al estómago y sortear el miedo, nos recordó una realidad que muchas veces preferimos olvidar.
En efecto, la mayoría de los bolivianos sabe que en las ciudades del país viven decenas de menores abandonados, que se trata de un mundo extremo donde se extraña siempre el alimento, el abrigo y el cariño; pero nunca faltan las enfermedades, el maltrato ni tampoco la violencia, ejercida por propios y extraños. Pero ante esta realidad, muchos optan por lo más sencillo: desviar la mirada. Otros apelan a sus bolsillos para, monedas de por medio, intentar aplacar la voz (cada vez menos audible) que les recuerda la existencia de esta terrible injusticia.
No faltan quienes esperan hasta Navidad para, con el mismo propósito, hurgar entre sus cajones en busca de juguetes olvidados, con la ilusión de que puedan sustituir a la clefa y al alcohol. No obstante, en la prensa y en las calles aparecen frecuentemente estos rostros infantiles, que nos interpelan y recuerdan que allí afuera la miseria se vive con todas sus letras, que se trata de un fenómeno creado y alimentado por la sociedad, y que por tanto es responsabilidad de todos erradicarla.






