Lo primero que hizo el Movimiento Sin Miedo tras la proclamación de Juan del Granado como candidato presidencial fue anunciar que la candidatura a la vicepresidencia, “de preferencia”, sería ocupada por una mujer. “Para garantizar el chacha-warmi”. Luego se deslizaron dos nombres como posibilidad. El tema fue mencionado también por otras fuerzas políticas que aún no definieron sus opciones para las elecciones de 2014.
El tema de la alternancia hombre-mujer en el binomio presidencial expresa un déficit en nuestra democracia representativa. En todas las elecciones generales realizadas desde hace más de tres décadas hubo contadísimas candidatas mujeres (solamente dos) a la presidencia. La evidencia muestra que, sin importar la orientación política o ideológica de las fuerzas políticas, todas coinciden en privilegiar candidatos hombres.
¿Por qué las mujeres son estructuralmente excluidas o, en el mejor de los casos, consideradas de modo utilitario sólo como “acompañantes de fórmula”? Es claro que con relación a la elección de las máximas autoridades del Órgano Ejecutivo, el principio constitucional de equivalencia de condiciones entre mujeres y hombres no se está aplicando. Queda como asignatura pendiente, digamos impostergable, de la democratización en Bolivia.






