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García Márquez, en sus palabras

Cuando tuvo que volar a Medellín para hacer un reportaje, le acompañó su amigo Álvaro Mutis

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Por Rosa Mora
/ abril 19, 2014
en Voces

A Gabriel García Márquez le faltaba un mes para cumplir los 23 años y vivía en Barranquilla, donde colaboraba en el diario El Heraldo, cuando su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que la acompañara a Aracataca para vender la casa de sus padres, el coronel Nicolás Márquez, Papelo para sus nietos, y Tranquilina Iguarán. Gabo, o Gabito, como le llamaban familia y amigos, no tenía ni un centavo. Le pidió a su admirado Ramón Vinyes, “el viejo maestro y librero catalán”, que le prestara diez pesos. Solo tenía seis y se los dio. Cuando se los devolvió, el viejo maestro se emocionó.

“Luisa Santiaga tenía 45 años. Sumando sus 11 partos, había pasado casi diez años encinta”, cuenta García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla (Mondadori, 2002).

La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla “era una destartalada lancha a motor por un caño excavado a brazo de esclavo…”, luego, un tren fantasmal. “Hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo”.

La familia había llegado a Aracataca 17 años antes del nacimiento de Gabo, “cuando empezaban las trapisondas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano”. El abuelo había huido de Barrancas perseguido por el remordimiento: había matado a un hombre en un lance de honor. “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlos. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud del peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero los pormenores se mantenían en la bruma”.

Allí, en la casa de Aracataca, nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927. “Debí llamarme Olegario, que era el santo del día, pero nadie tuvo a mano el santoral”. Así que le pusieron de urgencia el primer nombre de su padre (Gabriel Eligio). Durante mucho tiempo se creyó que había nacido el 6 de marzo de 1928 y se dijo que había elegido esa fecha porque en ese día ocurrió la terrible matanza de bananeros. “La única discrepancia entre los recuerdos de todos fue el número de muertos”. ¿Tres o 3.000?

“Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos”. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo recuerda para contarla mañana”.
Gabo aclara en sus memorias que falsificó la fecha de su nacimiento para eludir el servicio militar.

En esa época, se debatía entre el deseo de sus padres de que estudiara una carrera académica, el periodismo que, en principio, le atraía de una manera empírica y, sobre todo, su voluntad de ser escritor. Empezó a dibujar tiras cómicas antes de aprender a leer, pero cuando el abuelo Márquez le regaló un diccionario le despertó tal curiosidad que lo leía como una novela. Estudió bachillerato completo y dos años y unos meses de Derecho. “Desde mis comienzos en el colegio gané fama de poeta, primero por la facilidad con que aprendía de memoria y recitaba a voz en cuello los poemas clásicos y románticos españoles”. Siempre colaboró en las revistas estudiantiles de los diferentes colegios por los que pasó.

En el liceo de Zipaquirá, le aconsejaron que se cortara sus bucles de poeta, impropios de un hombre serio, que se modelara el bigote de cepillo y que dejara de usar camisas de pájaros y flores. Lo hizo años después. Devoraba libros, los primeros, como El Conde Montecristo o La isla del tesoro los sacaba de la biblioteca escolar. Luego los que les prestaron sus amigos: Borges, Graham Greene, Aldous Huxley, Chesterton, William Irish, Katherine Mansfield, Faulkner… Se le atragantaron Ulises y El Quijote, los leyó muy joven, y luego los recuperó. La metamorfosis, de Kafka, le reveló un camino nuevo.

“La verdad, sin adornos, era que me faltaban la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una carrera académica”. La ortografía fue su calvario: “Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así”. Recuerda en sus memorias el bochorno que sintió cuando en el liceo de Zipaquirá escribió exhuberante o cuando su madre le devolvía las cartas con la ortografía corregida, incluso cuando ya era reconocido como escritor. Dice que sus benévolos correctores creían que se trataba de erratas.

Esta lucha le duró toda la vida. Muchos años después, en el I Congreso de la Lengua Española, en Zacatecas (México) pasmó a los asistentes con su combativa propuesta: “Jubilemos la ortografía: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos”.

Empezó a fumar a los 15 años y llegó a las cuatro cajetillas diarias hasta que con el paso del tiempo, un médico en Barcelona le examinó los pulmones y le dijo que en dos o tres años no podría respirar. Lo dejó sin ansiedad, al momento.

Gabo se confiesa en Vivir para contarla tímido, con miedo a la noche y la oscuridad, porque es cuando “se materializan todas las fantasías”. Tenía pavor al teléfono y al avión. Tanto así, que cuando tuvo que volar a Medellín para hacer un reportaje, le acompañó su amigo Álvaro Mutis.

Tomás Eloy Martínez escribió en este diario que García Márquez debía haber titulado sus memorias Vivir para gozarla. Pasó muchas penurias, se alojó en pensiones de tres al cuarto, tuvo que empeñar la máquina de escribir que le habían regalado sus padres, pero todo en él transpiraba energía, alegría caribeña, entusiasmo, humor y pasión. Descubrió el sexo con apenas 13 años, fue como una explosión. Su padre, que tenía una botica homeopática, le envió a cobrar una factura en un burdel y una prostituta le hizo hombre sin cobrarle. Sus amores con Martina Fonseca, que le enseñó a apañárselas con la escuela y con la vida, o María Alejandrina o Nigromanta.

Conoció al amor de su vida, Mercedes Barcha, en un baile en Sucre organizado por Cayetano Gentile, vestida de organza. Casi en seguida le propuso casarse, pero ella le respondió: “Dice mi padre que aún no ha nacido el príncipe que se casará conmigo”, pero ese príncipe fue Gabo.

Gentil es el Santiago Nasar de Crónica de una muerte anunciada. Cuando escribió la novela, su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que si tenía que escribir sobre él lo hiciera como si fuera su propio hijo. Le hizo caso.

La música fue otra de sus pasiones, como el cine. “Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel”. En otra ocasión, cogió las maracas de un conjunto tropical y pasó más de una hora tocándolas y cantando boleros. Mutis le enseñó a escuchar música sin prejuicios y él aprendió a escribir con un fondo musical.

El viaje con su madre a Aracataca fue decisivo. “El modelo de epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo”. Saqueó los recuerdos de su familia. La huida de los abuelos de Barrancas. La historia de sus padres, Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio. “Esos amores contrariados fue otros de los asombros de mi juventud. De tanto oírla contada por mis padres, juntos y separados, la tenía casi completa cuando escribí La hojarasca”. La matanza de los bananeros en Aracataca. El asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán, candidato a la presidencia, el 9 de abril de 1948, que el escritor vivió en directo.

El saldo asolador del conservadurismo en el poder. Los liberales acosados. Todo esto está en las novelas de Gabriel García Márquez. En un artículo, La casa de los Buendía. Apuntes para una novela, escrito para una revista colombiana, explicó cómo decidió escribir Cien años de soledad: “Como lo que me contaba mi abuela”.

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