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Ciudad-cárcel

San Pedro, inaugurado en 1897, es la representación en escala reducida de nuestra ciudad

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Por Carlos Villagómez
/ septiembre 16, 2014
en Voces

Empezaré con la petulancia del hombre libre que cita a Marguerite Yourcenar: ¿Quién sería lo bastante insensato para morir sin haber dado al menos la vuelta a su cárcel? Y, obedientes, entramos al penal de San Pedro para estudiar su valor patrimonial de cárcel-panóptico (diseño de Eduardo Idiáquez) y su estado de conservación, pero nos encontramos con algo más importante que el patrimonio material. Sentimos sus valores intangibles: la imagen, en el espejo del tiempo, de una ciudad-cárcel.

El penal de San Pedro, inaugurado en 1897, es la representación en escala reducida de nuestra ciudad. Es una pequeña maqueta entre enormes muros dobles de piedra y adobe, condensada y potenciada por el hacimiento bestial e inhumano de 2.500 personas de población estante (los presos con o sin condena) y población flotante (los familiares, los comerciantes y otros). En esa “ciudad dentro de la ciudad” se han establecido un conjunto de normas y conductas singulares constituidas por un grupo social proscrito y expulsado de la ciudad de los hombres “libres”. Esa cárcel, que fue proyectada para solo 300 personas, está dividida en secciones y sectores donde, aparte de celdas parceladas al infinito, encuentras casi de todo: restaurantes, hoteles, juegos, saunas, talleres y universidades, en una reconstrucción kafkiana y fellinesca de la ciudad exterior. Es la materialización extrapolada del urbanismo-paroxismo paceño, es una obra social plenamente viva, una masa edificada que se renueva brutalmente entre los límites perversos de cuatro murallas.

Pero la cita de la novelista francesa fue superada por la realidad paceña y, por insensatos, terminamos en un motín. Encerrados presenciamos un batalla feroz en medio de enervantes sirenas, gritos y arengas, gases y bombas molotov, amagos de incendio, montañas de tierra y desperdicios, donde la pesadez de la atmósfera del encierro se hizo tan, pero tan insoportable, que terminó por abrumar nuestras almas. Y, por una hora, estuvimos en tierra de nadie. Sentimos el desgobierno de nuestros más brutales comportamientos humanos, los raciocinios superados por una motricidad social desbordada, y percibimos en el aire que todo en la vida pende de un hilo. Terminada la beligerancia, salimos huyendo en medio del humo y los restos de un combate librado en un patio, un zaguán y una simple reja de fierro que resiste asonadas hace más de un siglo.

Ya en la ciudad “libre” la pesadez de esa atmósfera siguió, por muchas horas, empozada en nuestras almas. Esa mañana experimentamos lo que será nuestra vida urbana en pocas décadas, la ciudad-cárcel de Galeano, aquella donde reinará un infinito sentimiento de inseguridad, terror y desesperanza, propios de un hacinamiento salvaje.

en tendencia: Ciudad-carcel

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