El Carnaval constituye una de las fiestas más representativas del folklore y de la cultura nacional. Durante estos feriados, vestimentas, bailes, música, festejos e innumerables celebraciones se adueñan de las calles y de las vidas de los bolivianos; y los espacios públicos se convierten en escenarios de transgresión que invitan a vivir la fiesta y a festejar la vida.
No obstante, estas fechas también representan un desafío para las fuerzas del orden en general y para las familias en particular, pues, como bien se sabe, la diversión suele convertirse en una excusa para dar rienda suelta a las represiones y frustraciones reprimidas, liberadas muchas veces con consecuencias trágicas.
Y es que en el país son muchos los que suelen vincular los tiempos de esparcimiento con el consumo de alcohol; y si bien la ingesta moderada y responsable de bebidas alcohólicas alegra y desinhibe a las personas, en exceso, además de dañar la salud, esta nociva costumbre saca lo peor de las personas, pues cohíbe la responsabilidad y a la vez potencia la agresividad y el resentimiento. Peligrosa combinación que causa miles de heridos e intoxicados, además de muertes, conflictos y toneladas de lágrimas, especialmente durante festejos como el que hoy se vive en el país.






