Agosto se va de la ciudad de los anillos, dejándonos la belleza de sus árboles amarillos. Agosto en Santa Cruz de la Sierra —capital del Santa Cruz chiquitano, chaqueño, valluno y norteño; sabio de culturas ancestrales; rico de naturaleza originaria y poderoso de fuerza joven, historia y futuro; entrelazado de pueblos y naciones del mundo— transita entre el invierno que fue y el verano que será. Época de vientos raudos en la capital metropolitana, jugando con la arena voladora y picante, el polvo se instala sobre las cosas, mientras el polen y las flores desprendidas de los árboles levitan en el ambiente y nuestra respiración. Cambia nuestro estado vital. Algo en el ambiente, en nuestro cuerpo, se alista como los capullos y las crisálidas. Revolotean las mariposas, más que nunca, en nuestro interior.
Va llegando la primavera a esta región que festeja todo el año, a su modo, sin prisa y sin pausa, capeando sus dolores y sus afrentas: los dolores que lastiman con la violencia, con la injusticia, con la corruptela, con la hipocresía, con las apariencias, con el abuso, con el egoísmo, con la ignorancia; las afrentas de quienes migran a esta tierra y se quejan porque quejarse fue la vida que dejaron atrás sin remedio y, muchas veces, sin retorno; las del estereotipo peyorativo de la vida liviana, del camba oligarca y la impronta separatista; las del lugareño y su viveza criolla que hace lo que le viene en gana y le echa la culpa de lo mal que está todo al otro y a la falta de autoridad, que tampoco se respeta ni se hace respetar.
Sin embargo, sigue imbatible aquella risueña leyenda que cuenta acerca de que quien cruza el río Piraí no vuelve a ser lo que fue jamás, y que define al ser cruceño de ayer, de hoy y de la posteridad. Porque ser cruceño no tiene visos de diferencias de las miserias y las veleidades del resto de la humanidad; ni lo hace más ni menos que cualquiera en las incongruencias, las dificultades y los desatinos de los habitantes y sus líderes, en condiciones globales similares, de hemisferio, de continente y de latinidad.
Ser cruceño, digámoslo así, es lo que a cada uno nos une con alegría a este lugar. No nos da la gana de reconocer que también es parte del ser cruceño todo lo que está mal, cualquier cosa que sirva para enamorar; lo que une para festejar, para enarbolar la libertad; lo que provoca alegría y bienestar; lo bello y lo sensible; lo que está dicho cómo aprendimos a hablar, lo que haga mamita, lo que diga papá; los logros de los muchachos; mirar a través del vaso medio lleno, el que, en otro sentido, otro contenido y otro lugar, es para secarlo y volverlo a llenar; la hora de los juntes, la gran familia (extendida a los amigos) sea como fuere y donde sea que esté; las cosas lujosas o pobres de solemnidad, pero simples sin complicar nada más de lo que está; el buen comer, así sea un pedazo de yuca, un asadito, un mocochinchi y harto ají hasta blasfemar.
Algún día vamos a asumir lo que no alcanza a unirnos para defendernos del mal. Seguramente llegará el momento cuando los dolores y las afrentas nos hagan sentir que nos arrebatan lo demás. Pero ahora, digan lo que digan, así como abrimos los ojos en esta tierra, como nos ven de afuera y como nos encuentran los que llegan a quedarse y no se van, somos así nomás. Total, el sol sale para todos, el calor nos pone a tono normal; para estos tiempos las gestas de 1810 nos recuerdan que hay más motivos para festejar, que Santa Cruz nace en septiembre y eso, eso es carnaval.






