En la mitología griega, Poros representa la disponibilidad, el recurso, la posibilidad, como quien dice, un nacido en cuna de oro. Resulta que durante la boda de Afrodita (diosa del amor), llamó a la puerta una mendiga que venía por las sobras del banquete, su nombre era Penia. Cuando logró entrar a la boda y pudo saciarse de comer y beber se propuso seducir a Poros. No le fue difícil, pues acudió a aquello a lo que Poros era más sensible: la adulación. Poros y Penia se refugiaron en el jardín huyendo de las miradas del resto de los invitados y allí copularon una y otra vez.
De su unión nació Eros, que metafóricamente viene a representar ese sentimiento de insatisfacción ante la falta del otro, amor dirán los soñadores. Eros es, pues, el hijo del recurso y la necesidad, del exceso y la pobreza; coloquialmente es aquello que une el hambre y las ganas de comer, el queso y el ratón.
En el nuevo mito boliviano presenciamos el nacimiento de un dios capaz de esconder el sol y hacer huir a la luna, un dios sin el cual no seremos capaces de ser felices y nuestras vidas no tendrán sentido. Al igual que Poros, el nuevo dios es sensible a la adulación, es más, diría que se hace más fuerte a cada halago de sus lisonjeros creyentes que vendrían a jugar el papel de Penia, la otrora mendiga que sació su hambre y se emborrachó de poder.
De la unión del nuevo dios y de sus creyentes nació el miedo, el miedo a que un día nos falte este dios, a que se acabe el mundo como lo conocemos, a que nuestros hijos no tengan esperanza, ni destino, miedo a pensar que no se trate de un dios, sino de un hombre. Pero como sucede a menudo, el miedo termina apoderándose de sus creadores, porque la revolución, que es la vida misma, termina desterrando a los que se consideran elegidos para el eterno destino del mando. Una vez que el miedo entra en los corazones de los creyentes, éstos usan todos sus recursos para atacar a la revolución y mantener la continuidad, pero la revolución que nace de la inconformidad prevalece al miedo y a los mitos.
Los bolivianos tendríamos que tener un poco más de amor propio, más fe en nosotros mismos, dejar de pensar que nuestra felicidad depende de un dios o de un hombre. No debemos permitir que se nos menosprecie. Debemos negar la tragedia y dejar inhabitado el miedo. Solo así aminoraremos la desesperanza de un destino que se cree predeterminado.






