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¿Es el mar un amor platónico?

Derpic y su nostalgia nos regalan una reflexiva historia de niños que nos hace agujeros en la cabeza.

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Por Ricardo Bajo Herreras
/ julio 6, 2016
en Voces

El Oso Pancho y el Enano Fermín se han robado dos vocales y han fugado. Las rebeldes “o” y la “e” están prófugas. Los dos rubiecitos (de la tapa del libro de lectura Alma de niño de Gladys Rivero de Jiménez) y el colorado de Bolivia quieren reestablecer el orden y el lenguaje. Pero no logran, porque el amor (y el mar) son más fuertes. ¿Quién es y dónde ha ido el padre borracho? El Oso Pancho no quiere ir al mar, pero solo frente a las olas la gente se enamora. Y él está loco por Lilí, con tilde en la “í”.

Así, segmentado y aparente, el caos de Los rubiecitos se ordena en clave de recuerdo. Han sido —son— muchas las generaciones que han aprendido a leer con el Alma de niño, y que mirando esos dibujitos han tenido que memorizar: “Mi mama me ama, Papa fuma la pipa, La luna sale sola. Cómo pica la pucacapa”. Y esas frases precisamente son las que le dan sentido al sin sentido del dictado, a las lecciones mil veces repetidas de la Guerra del Pacífico: El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber. Y allí, en la memoria, se ordenan los fragmentos y todo adquiere sentido.

El teatro Nuna se llenó caóticamente el domingo pasado en el último día paceño de la gira boliviana de Los rubiecitos, de la potosina Laura Derpic. La obra, que ganó el premio Eduardo Abaroa como mejor texto teatral, se representó en el circuito de teatro independiente de Buenos Aires y ahora ha pasado con gran éxito por Santa Cruz, Cochabamba, La Paz y Oruro.

¿Y por qué han gustado tanto Los rubiecitos? Por su ingenuidad engañosa, por la inteligencia poética del texto, por el humor particular (como el patio), por su “inocente” carga política, por ser una obra irónica derribadora de mitos racistas y adoctrinadores, por su puesta en escena “jugada” y original (con estética de cómic, con títeres, con un audiovisual que por fin suma) y por su entretenida fragmentación. Y por supuesto por un quinteto actoral impecable: los argentinos Fernando García Cormick, Eva Jarriau, Agustín Scalise, Miguel Ángel Vigna, y el talento boliviano Franz Baltazar (un descubrimiento).

Los rubiecitos es el regreso a la infancia, es la nostalgia por algo que nunca volverá, es la saudade por la patria cuando uno está lejos, es el anhelo por ese mar que nunca tuvimos; es la infancia impregnada de sus referentes: el libro de lectura, el odio a Chile, el litoral cautivo. Es la patria como el lenguaje, es la lengua liberadora como todas las patrias: la infancia, el paraíso perdido, el kínder, los amigos, el mar… ¿Si recuperamos nuestro mar, nos recuperaremos a nosotros mismos? ¿El mar es un amor platónico no correspondido? ¿Es el que nos dejó para irse con otro? Quizás no, quizás tiene razón el Oso Pancho, que está convencido de que perdimos esas playas porque son horribles y están llenas de caca de pájaro.

Laura Derpic y su nostalgia nos regalan una reflexiva historia de niños que nos hace agujeros en la cabeza. Por ellos se puede escapar y soñar que si nos preparamos y peleamos, podemos recuperar al ideal con el que crecimos (y el mar). El mensaje queda claro, quizás por ello era innecesario terminar 70 minutos de retos lingüísticos y de intertextos (hay fragmentos de Alcides Arguedas entre las frases como Amo a mi papi) con la proyección de imagen, a estas alturas redundante, del mar cautivo.

Con Los rubiecitos el absurdo loco y lindo “beckettiano” se hace realidad y por fin somos lo que queríamos ser de mayores: niños jugando a las escondidas e intentando averiguar dónde nos ocultaron nuestro mar de plastilina, convencidos de que un oso puede amar a una muñeca y hasta ser valientes para dar vuelta las palabras, lo que es más difícil que voltear las clases sociales.

Decía Mario Benedetti que la infancia es un privilegio de la vejez y Derpic la recuerda bien con esta obra, que debería girar no solo por cuatro ciudades, sino por toda Bolivia. Y ojalá que el Oso Pancho y el Enano Fermín se queden en el mar, nunca regresen al manual de lectura y no liberen jamás a la “o” y a la “e” fugitivas.

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