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Picaresca y culto a Bolívar

Bolívar aceptó halagadísimo la espada y los títulos que venían con ella, pero rehusó la plata.

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Por Ibsen Martínez
/ agosto 4, 2016
en Voces

El obsequio protocolar favorito de Hugo Chávez era una réplica de la llamada “espada de Bolívar”, una joya de oro, diamantes y rubíes, idéntica a la que el Congreso Constituyente del Perú ofrendó a Simón Bolívar en 1826, después de Ayacucho, la batalla que puso fin al dominio español en Sudamérica. Junto con la espada, y a instancias del Congreso, el Ayuntamiento de Lima obsequió a Bolívar un millón de pesos que, por entones, equivalían a un millón de dólares. La espada y el millón de pesos condensaban la clara intención de lisonjear al jefe de un ejército de ocupación que nadie había invitado a liberar al Perú del yugo español.

Bolívar aceptó halagadísimo la espada y los títulos que venían con ella, pero rehusó la plata. El Libertador había hecho solemne promesa de que, una vez ganada la libertad del Perú, volvería a Colombia “con mis hermanos de armas, sin tomar un grano de arena del Perú”. Pero a comienzos de 1825, dos meses después de la derrota definitiva del imperio español en América, Bolívar no lucía dispuesto a marcharse.

Los congresistas peruanos dieron muestra de donosa obstinación y volvieron a la carga sugiriendo a Bolívar “destinar dicho millón a obras de beneficencia a favor del dichoso pueblo  que le vio nacer (Caracas)”. Bolívar respondió, molesto: “Sea cual sea la tenacidad del Congreso Constituyente, no habrá poder humano que me obligue a aceptar un don que (a) mi conciencia repugna”. Los congresistas se declararon entonces resueltos a no dejarse vencer en “la hermosa contienda” y, motu proprio, destinaron directamente el millón “al pueblo que vio nacer” al Libertador.

Todo indica que Bolívar consideró que una nueva repulsa de su parte podría interpretarse como descortesía y dio las gracias. “De este rasgo de urbanidad —escribe con sorna el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez— el Ayuntamiento caraqueño dedujo tener derechos particulares sobre el millón”.

Más de 20 años después de la muerte de Bolívar, ya en la década de 1850, un político liberal, muy despabilado, llamado Antonio Leocadio Guzmán se lanzó a una personal “campaña del Sur” para recuperar para el Ayuntamiento caraqueño el dinero que Bolívar había desdeñado en el Perú, país que, por entonces, vivía el boom del guano. Las autoridades de Lima hicieron ver muy cortésmente a Guzmán que el Libertador había renunciado inequívocamente al milloncejo. Pero Guzmán guardaba tecnicismos legales bajo la manga.

Acosado por el educador inglés Joseph Lancaster, acreedor de la naciente Gran Colombia, y a quien se había contratado como asesor de instrucción pública, Bolívar había ordenado pagar los honorarios del consejero —unos 20.000 pesos— con cargo al millón del Perú. Luego, argumentaba Guzmán, Bolívar había dispuesto del dinero, señal de que lo había aceptado y hecho suyo. Sus muchos herederos, que habían designado a Guzmán como apoderado universal, tenían, pues, derechos sobre el millón de pesos.

Mucha gente en Lima se alegró de que el millón de Simón Bolívar no se hubiese esfumado del todo y fuese todavía cosa tangible y repartible. Es fama que, antes de regresar a Venezuela, su gran amigo, el presidente de Perú, José Rufino Echenique, adelantó gustosamente a Guzmán bonos de la deuda pública peruana, con cargo a la factura de guano, un commodity entonces tan valioso que ríete del crudo liviano saudita.

Los dineros se fueron quedando en el camino —¡demasiados peajes, demasiados Echeniques!—, pero con todo, el hábil Guzmán obtuvo una comisión que no fue precisamente calderilla. Aunque tarde e incompleto, el millón de Bolívar llegó a Caracas, tal como desearon los agradecidos constituyentes peruanos en 1825.

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