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Las mujeres tenemos valor y precio

Contratar a una muñeca inflable es poner precio a una imagen cosificada de la mujer

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Por Berna González Harbour *
/ abril 6, 2017
en Voces

Ya sabemos que es de necios confundir valor y precio, pero lo cierto es que llueven las razones para confundirnos cuando hablamos de mujeres. La sociedad democrática aún no se había aclarado en el debate sobre la prostitución cuando se estrena en Barcelona un burdel de muñecas hinchables que pone al servicio de los hombres elaboradísimos polímeros en forma de mujeres sexis (pero polímeros, al fin y al cabo) por 120 euros la hora y nos quedamos de una pieza. Valiente juerga unipersonal.

En cualquier foro actual, y actual significa también feminista, el debate sobre la prostitución enfrenta a los partidarios de la prohibición total con los partidarios de su regulación; a los que defienden una multa a los clientes en lugares públicos o la impunidad social y legal que ha imperado siempre en nuestro mundo. Estábamos en esas, decimos, cuando el burdel de Barcelona, que copia una tendencia extendida en Japón y otros países, nos deja atrás y cosifica tanto a la mujer que la sustituye directamente por un maniquí hiperrealista y dócil que no se quejará jamás. El gremio de prostitutas ha reaccionado inmediatamente cuestionando a los objetos sin alma, afecto, mirada, ni piel, ni —por supuesto— “reclamaciones de derechos laborales ni constitucionales”.

Qué triste es tener que defender la fuerza de trabajo, la fuerza de este trabajo, de una cosificación mayor aún; pero qué comprensible se vuelve.

Y es que alguien tiene un problema, Houston. La prostitución ha vuelto a extenderse como forma de diversión entre grupos de jóvenes, perezosos seguramente a la hora de trabajarse una compañía de igual a igual sin la chequera en la mano. Ya no hay excusas morales en un mundo donde todo es accesible. Contratar a una prostituta es poner precio a la compañía de una mujer (o de un hombre) y contratar a una muñeca inflable es poner precio a una imagen cosificada de la mujer. En todos los casos: precio. En muchos: explotación sexual de la mujer. ¿Y el valor?

También tenemos un problema con el valor. Un diputado polaco al que los contribuyentes europeos le pagan su sueldo por defender los intereses de los ciudadanos considera que “las mujeres deben ganar menos”. Janusz Korwin-Mikke, sancionado previamente por un saludo nazi, había atacado ya a negros, a refugiados y ahora les ha tocado a las mujeres. Está contra su derecho a voto y le parece razonable que las mujeres ganen menos que los hombres por su “debilidad”. Los asesinos machistas tampoco reconocen el valor de las mujeres.

El tiempo no va a arreglar todo esto por sí solo. Solo una educación comprometida con la igualdad y una sociedad vigilante minarán el machismo. Y a eso sí conviene ponerle precio. Se llama presupuestos crecientes contra la violencia de género, y no menguantes, y se llama política y enseñanza a favor de la igualdad desde el colegio. Entonces sí habremos creado valor. El valor y el precio correctos.

* es periodista y escritora, editora de Babelia, la revista cultural de El País.

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