Dos eventos paralelos pero disímiles demuestran que la intolerancia sigue presente en nuestra sociedad. A pesar de la legislación vigente, no mejoramos. Pasan generaciones y somos cada vez más brutales. Ya lo decía el Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel: “Los que odian siempre tienen razones, y esas razones no cambian”.
Uno de los eventos fue la catarsis colectiva del 21F. Como siempre en la lucha política, las manifestaciones o revueltas surgen por desatinadas decisiones del poder. La Paz decidió, como en muchas oportunidades, ser el espacio de confrontación política entre el actual poder y la ciudadanía. Ambas facciones esgrimieron sus respectivas razones sobre su legitimidad (o quién es más pueblo), presentaron sus estadísticas, y celebraron sus victorias. Los extremistas de cada facción destilaron su intolerancia política o racial. Unos: debemos “agudizar las contradicciones para la lucha de clases”. Otros: se trata de “la guerra de la civilización contra la barbarie”. Verdaderas barrabasadas anacrónicas. ¿Qué nos queda? Pues, vivimos tensiones que presagian días negros. Al final, cuando la marmita de la intolerancia ideológica hierva con el pueblo abajo, flotarán los de siempre: la clase política.
El segundo evento fue la catarsis personal de una artista. La orureña Rilda Paco pintó una representación non sancta del Carnaval de Oruro para manifestar su crítica a esa fiesta Patrimonio de la Humanidad. Las muestras de intolerancia (algunas delincuenciales) y de apoyo inundaron otro espacio colectivo: las redes sociales. Esa catarsis virtual surgió por otra desatinada intervención del poder, esta vez departamental. Decidieron, motivados por una exacerbada sensibilidad provinciana o por una manifiesta intolerancia religiosa o devocional, amenazar con juicios a la artista. Olímpico error en un Estado constitucionalmente laico y con libertad de expresión. A raíz de ello, nació un nuevo imaginario nacional nocivo para Oruro: nadie puede ni debe criticarles. En paralelo se generó otro efecto. La marmita de las artes se puso a hervir haciendo flotar a la artista. Paco logró sus 15 minutos de fama “warholianos”.
Otro rumano genial, E.M. Cioran, decía sobre la persistencia de esta vileza humana: “Las viejas intolerancias todavía están presentes: la xenofobia, el miedo a los extranjeros y el odio racial religioso, cultural (…) El odio tiene muchos nombres, pero sigue siendo el mismo”. En Breviario de la Podredumbre sentenciaba: “En cuanto nos rehusamos a admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre”. Y todos sabemos quiénes son los responsables de evitar que la sangre corra por nuestras calles.






