A propósito de los alegatos sobre el diferendo marítimo entre Bolivia y Chile presentados las últimas semanas en la Corte Internacional de Justicia, escuché una sentencia que fue dicha sin mayor dilación y sin que le temblara la voz a quien la dijo: “Lo que con guerra se perdió, con guerra se recupera”. Me recorrió un escalofrío tanto por el horror que me produce la sola idea de la guerra, como por la frialdad con que algunas personas piensan que la destrucción es una solución. Cualquier enfrentamiento armado es una derrota en sí mismo, no hay victoria para nadie.
Debería bastarnos ver lo que pasa en Siria en estos momentos. La catástrofe que viven los niños, las familias que desesperadamente salen de sus pueblos huyendo de sus propios congéneres escapando de los bombardeos, del hambre, del odio y la venganza que se genera en una guerra. La destrucción es de tal magnitud que arrasa con cuanta ciudad, aldea o poblado se ponga en su paso. Extermina físicamente a las personas, pero sobre todo termina con su espíritu de humanidad. En siete años de guerra en Siria han muerto casi 500.000 personas, de ellas 150.000 eran niños; hay más de 8,2 millones de refugiados que viven en campamentos o se han lanzado al mar para llegar a Europa y sobrevivir como sea, sin patria, sin casa, sin familia y sin futuro.
El mundo no está en calma, hay otras guerras como la que se vive en Sudán del Sur, desde 2013. Ni bien terminaba de festejar su independencia declarada en 2011, el país se enloqueció en una contienda armada que aún continúa. Es el principal proveedor de petróleo de China en África, pero Estados Unidos también ambiciona esa riqueza, ambas potencias fomentan la guerra en la que está sumido el país más joven del mundo, que con una población de 10 millones de habitantes tiene un Ejército de 16.000 niños y 5 millones de hambrientos.
El conflicto en Yemen, consecuencia de un golpe de Estado en 2014, es otro ejemplo del sin sentido de la guerra: 8 millones de personas en la hambruna, 1 millón de enfermos de cólera y cerca de 3 millones de desplazados internos. Este conflicto, perversamente apoyado por los proveedores de armas y arrinconado por la falta de solidaridad humanitaria, lleva cuatro años de olvido para el conjunto de naciones que toma decisiones según el nivel de sus propios intereses.
No hay justificación suficiente para la guerra, para el conflicto armado, para la muerte y la desgracia humana. Que baste saber lo que sucede en esos países que se echaron en los brazos del enfrentamiento para renunciar de por vida a la destrucción, y solo sea aceptable el diálogo y el ánimo por resolver en paz cualquier conflicto, sea del tipo que sea, interno o externo, pequeño o grande; todo es posible de solucionar menos la muerte.






