Después de 11 años y, más grave aún, varios choques entre militares con saldos mortales y amagues de enfrentamientos a gran escala entre las dos Coreas, los mandatarios de ambas naciones sostuvieron una cumbre histórica en los últimos días.
Tomando en cuenta que este encuentro se celebra luego de que surgiesen tambores de guerra entre Pionyang y la Casa Blanca, propios y extraños han celebrado este acercamiento, tanto más histórico por cuanto es la primera vez que un líder norcoreano pisa el territorio de su vecino del sur desde que se separaran en 1948; pero también y sobre todo porque a los pocos minutos de reunirse, los líderes de Corea del Norte (Kim Jong-un) y de Corea del Sur (Moon Jae-in) firmaron una declaración en la que se comprometen a trabajar para lograr la “paz plena” y la “completa desnuclearización” de la Península coreana.
Habida cuenta de que los réditos de la paz son infinitamente mayores y mejores que los de la guerra, salvo para los accionistas de las transnacionales que producen armas y para quienes se dedican a lucrar con el terror y la muerte, se trata sin duda de una excelente noticia, tanto para el mundo como para los coreanos del norte y del sur en particular. Dos pueblos hermanos enemistados por intereses particulares y rencillas políticas e ideológicas que no deberían estar nunca por encima del bienestar de las personas, pero que lamentablemente muchas veces se utilizan para sojuzgar a los pueblos con el fin último de enriquecer y empoderar a ciertos sectores.






