Al norte del convulsionado continente africano, el reino de Marruecos es un oasis de paz y prosperidad. Ubicado en el Magreb, con su capital Rabat, es un emporio de historia y cultura, inscrita como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Por ello, me sentí muy honrado al ser invitado, el pasado 14 de marzo, por la Real Academia para ofrecer mi opinión acerca de “La integración de América Latina, frente a la nueva política exterior americana”, evento preparatorio con miras al seminario que sobre ese horizonte de reflexión se realizó del 24 al 26 de abril, con la participación de descollantes figuras regionales.
La sede de la academia es un soberbio palacio de exquisita arquitectura oriental, rodeado de floridos jardines y de amplios salones de trabajo, entre los cuales su anfiteatro, con capacidad para 500 personas, estaba colmado como prueba del interés que despierta la región latinoamericana en ese reino, tan próximo a epopeyas históricas ligadas a la penetración musulmana en España.
Con todo el apoyo que presta el cultivado monarca Mohammed VI, las tareas académicas cumplen un vasto programa para la expansión científica y cultural, tanto en el plano nacional como de vinculación externa. Esa nota fue relevante en el discurso de presentación que me dispensó el secretario perpetuo Abdel Jalil Lamjomri, cuando evocó que, en 2002, la inserción de la plaza El Fna de Marrakech como Patrimonio Oral de la Humanidad coincidió con igual distinción otorgada a la Diablada de Oruro, “conjunto fetiche de Bolivia, con sus danzas sensacionales”. Esa circunstancia, explicó, “nos movió a invitar a la Diablada para que baile en la célebre plaza marranéense en comunión con nuestros propios elencos populares, lo que constituyó un reencuentro único de dos patrimonios orales”.
El profesor Lahjomri prosiguió apuntando la analogía entre Marruecos y Bolivia, comparando los esfuerzos que ambas naciones hacen para preservar sus respectivas identidades nacionales en el mosaico de la diversidad cultural. Hizo alusión a las 36 lenguas del Estado Plurinacional frente a los componentes ancestrales arabo-islámicos, amazighe y saharo-hassanie, que enriquecen con sus afluentes idiomáticos africanos, andaluces, hebreos y mediterráneos la heredad del reino.
El programa de actividades de la academia está saturado de puentes con otras partes del mundo. En ese ámbito, el seminario consagrado a América Latina tiene tres retos: i) la superación del legado colonial europeo y el procedimiento para no reproducir sus modelos; ii) evitar el alineamiento con las estrategias norteamericanas; y iii) la adopción de un modelo alternativo y autónomo propio de los países de la región en los dominios de la política, la economía y la cultura.
Una agenda seguramente polémica por las disímiles percepciones que manifiestan actualmente los Estados latinoamericanos, que si bien acuerdan iguales objetivos a largo plazo, difieren en gran medida respecto de sus modelos de desarrollo, del ejercicio de la democracia y de la vigencia de los derechos humanos, como se vio en la reciente Cumbre de las Américas realizada en Lima.
Sea en nota marginal remarcar el interés marroquí en la región, que podría deducirse por el espinoso diferendo que confronta a propósito de la ficción denominada República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida como Estado independiente por algunas naciones hispanoamericanas. Actitud que se debe en gran medida al vacío que la diplomacia cherifiana descuidó inadvertidamente por largo tiempo y que ahora intenta recuperar con vínculos apropiados como el que comentamos en esta nota.






