Según datos de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), en tan solo dos años y medio (entre enero de 2015 y julio de 2017), 27 aeronaves se estrellaron en el país, causando la muerte de al menos 13 personas, de acuerdo con un recuento realizado por este diario, ya que el reporte de marras no da cuenta del número de víctimas fatales. A estos hechos protagonizados principalmente por avionetas civiles y taxis aéreos, cabe incluir indefectiblemente el avión de la aerolínea boliviana LaMia que se estrelló en Medellín en noviembre de 2016, segando la vida de 76 personas.
Los factores detrás de estas precipitaciones suelen repetirse: aeronaves muy antiguas y/o sin la debida manutención que presentan algún desperfecto en pleno vuelo; y en menor medida, por la irresponsabilidad y/o falta de pericia del piloto, aunque a veces estos dos factores coinciden. Ese fue el caso por ejemplo de la avioneta que se estrelló en marzo de 2016 en el mercado de Santa Ana de Yacuma (Beni), causando la muerte de sus cuatro tripulantes y dejando gravemente heridas a dos vendedoras; así como también de la aeronave de LaMia que se estrelló en Colombia por falta de combustible.
En suma, se trata de deficiencias, desperfectos, impericias e imprudencias que ocurrieron en gran medida debido a un laxo y negligente control de las aeronaves civiles y comerciales que surcan los cielos y los aeropuertos bolivianos. Negligencia que urge subsanar, de lo contrario, se seguirán lamentando pérdidas humanas provocadas por aviones que operan sin las condiciones óptimas de seguridad.






