En los pasados días hemos asistido a un curioso “debate” sobre la posibilidad de un debate. Diferentes actores políticos, unos del Gobierno, otros de la oposición, se manifestaron sobre la necesidad de debatir sobre varios temas. Se desafiaron, más bien. Con recuento de neuronas incluido. Pero más allá de los amagues, y de unilaterales anuncios, el necesario debate no llega.
Nunca se dirá lo suficiente que el diálogo plural, informado y público es condición ineludible de la democracia. En otras palabras: sin debate permanente sobre los asuntos colectivos, una democracia pierde calidad, y sobre todo pierde sustancia. La deliberación es inherente a la democracia. Y no solo hablamos de los vistosos debates entre candidatos en elecciones, práctica común en distintos países. Nos referimos en especial al debate sobre visiones de país y respecto a la gestión pública.
Señalado el principio, lo que aconteció en el país es un no debate. Dos dirigentes opositores retaron al presidente Morales a debatir sobre el flamante Palacio de Gobierno. Les respondió la Ministra de Comunicación, exigiéndoles debatir con ella, vocera al fin. Los aludidos, ignorándola, insistieron en el interlocutor. Y uno de ellos, con tufo xenófobo, añadió un tema: empresas y trabajadores chinos versus los bolivianos (sic). No hubo debate. En su lugar se registró un intercambio en Twitter.
Poco después, el vicepresidente García Linera, en una entrevista televisiva, explicó que el Presidente no debate porque está ocupado gobernando. Ya lo habíamos oído antes: Evo solo debate con los movimientos sociales. “Para eso estoy yo”, dijo el Vicepresidente a tiempo de retar, juntos, a seis opositores. Más todavía, les dijo que hay ignorancia en la derecha. Le respondieron dos expresidentes. Otra vez, con tuits: no para aceptar el debate, sino para descalificarlo. Y añadieron un tema: referéndum del 21F.
El resultado de la disputa verbal entre estos actores políticos es que amagaron con debatir, pero el necesario encuentro no tiene lugar ni data.
Pierde la ciudadanía, pierde la democracia. Tal ausencia de debate, además de síntoma, es un espejo. En la sociedad, en los espacios públicos, en los medios de comunicación, en las redes sociales virtuales, tampoco se debate. O se debate muy poco. Lo que abundan son monólogos, reprobaciones, autoafirmaciones, insultos. ¿Y la deliberación pública? Degradada.
¿Sobre qué debatir? Más allá de gastos y fobias, bien podría debatirse sobre los rumbos y ritmos del nuevo modelo de Estado, la plurinacionalidad, las autonomías. También debiera haber discusión acerca de la visión de desarrollo, la inversión pública, las políticas anticrisis. Y sin duda el debate debiera tener como invitada a la democracia, su calidad, la participación, las instituciones, el pluralismo. La agenda es amplia y diversa. Sobran actores, hay demasía de palabras: que venga el debate.






