La contundente victoria del candidato del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), Andrés Manuel López Obrador (también conocido por las iniciales de su nombre: AMLO), el domingo en México, representa uno de los giros más importantes en la política azteca desde el 2000, año en el que después de décadas acabó la tradición del “partido único” y hubo pluralidad política.
En efecto, de poco sirvió el cambio en la conducción del Estado mexicano entre 2000 y 2012, periodo en el que, de la mano de Enrique Peña Nieto, el histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI) volvió al poder solo para profundizar las desi- gualdades, la corrupción institucionalizada y la violencia desatada en 2006, cuando el gobierno mexicano decidió iniciar la guerra contra las drogas. Hoy el pueblo azteca lamenta más de 200.000 personas asesinadas y 35.000 desaparecidas en los últimos 12 años a manos de cárteles de la droga o fuerzas estatales.
Han sido precisamente esas las causas que produjeron la contundente victoria de AMLO (que al momento de escribirse estas líneas tenía el 53% de la votación, cuando el conteo oficial estaba por debajo del 80% de los casi 90 millones de votos registrados), quien participaba por tercera vez en los comicios. Esta vez apoyado por una coalición tan diversa que incluye desde representantes de la izquierda tradicional hasta evangélicos asociados con la extrema derecha.
Prueba de que la victoria del candidato etiquetado como izquierdista (en tiempos en los que el contraste entre ambas tendencias ideológicas parece volverse difuso, especialmente a la hora de administrar el poder formal) era incuestionable es que a los 45 minutos de conocerse los resultados a boca de urna, los líderes de los otros tres frentes políticos en competencia llamaron al ganador para felicitarlo.
En su primer discurso ante los medios, López Obrador anunció que buscará unir a un electorado polarizado en torno a su candidatura, y prometió buscar el bien común de toda la población, con los pobres en primer lugar. Prometió asimismo que “el Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos, ricos y pobres, aquellos que viven en el campo y en la ciudad, migrantes, creyentes y no creyentes, gente de todas las filosofías y preferencias sexuales”.
Previsiblemente, los analistas consultados por diferentes medios internacionales han coincidido en señalar que la agenda del nuevo presidente mexicano no será precisamente sencilla, no solo por el tamaño de las tareas anunciadas (acabar con la corrupción, reducir la violencia y solucionar la pobreza), sino también porque se trata de asuntos estructurales, imposibles de modificar de la noche a la mañana. Con todo, no cabe la menor duda que México acaba de dar un paso mayor hacia un futuro distinto del que parecía ser su destino en manos de los partidos tradicionales.






